Pertenecer a una sociedad no se reduce a vivir en ella.
Cae bien, en medio de las fiestas patrias, reflexionar sobre la responsabilidad individual, la participación, el goce de derechos y el cumplimiento de responsabilidades ciudadanas. Lo cierto es que el ejercicio correcto de la ciudadanía implica mucho más que ir a votar un día de elecciones con los documentos vigentes y una actitud respetuosa. Tampoco basta tener al día el pago de obligaciones tributarias o haber obtenido el DPI y el impuesto de circulación en las fechas indicadas. Todas esas son obligaciones básicas.
El respeto a las leyes viene en el pacto social desde el momento de nacer, por lo cual no debería considerarse un gesto de buena voluntad o una cualidad excepcional, sino el simple cumplimiento de un deber insoslayable. Sin embargo, es fácil observar que ninguna de estas condiciones se cumple en forma generalizada. Quien tiene un buen asesor financiero y contactos ubicados en altas esferas logra con extraordinaria facilidad evadir el pago de grandes sumas de dinero por concepto de impuestos, consigue rutas expeditas en trámites que a otros les lleva una vida entera y construye una especie de limbo, una esfera de protección que lo coloca por encima de sus iguales. Lo sorprendente de este fenómeno es que quienes logran ingresar a estos círculos privilegiados obtienen de manera automática una especie de certificado de buena ciudadanía y así son vistos por el sistema.
Esa visión deformada de lo que se concibe como vivir en sociedad se transmite de generación en generación con sus derivaciones éticas y morales. De allí vienen la visión racista y el abuso de poder, consideradas una forma de vida aceptable por quienes se benefician de ellas y tolerada por un sistema construido en función de privilegios y la imposición de unos por sobre otros.
A partir de esta realidad, es importante reflexionar sobre los valores inculcados a las nuevas generaciones por ciudadanos cuya visión de las cosas se reduce a sacar partido de las debilidades del Estado. Una muestra del escaso concepto de ciudadanía es la fragilidad de los procesos electorales, en los cuales predomina la propaganda anticipada en abierta trasgresión de las normas establecidas por las autoridades del Tribunal Supremo Electoral, entidad incapaz de poner orden y endurecer sanciones. La parte irónica del asunto es el discurso moralista de quienes violan esos preceptos. La parte patética es que aun así consiguen obtener votos.
El mensaje enviado en medio de desfiles y fanfarria patriotera es que no importan las leyes en tanto se pueda sacar partido de sus debilidades. No existe una postura sólida sobre el apego a las normas de convivencia, no hay una campaña educativa dirigida a la juventud sobre sus derechos y obligaciones, no se percibe en el ámbito político ninguna voluntad de reconstruir el tejido social sobre la base de solidaridad y respeto mutuo.
De ello se colige sin mayor dificultad la absoluta ignorancia de la juventud respecto de su papel como ciudadano, con todo lo que ello implica. Entonces, ¿cuál es el sentido de celebrar una fiesta nacional si los fundamentos valóricos que le dieron origen han desaparecido?
(Publicado el 16/09/2013)
Un espacio personal para compartir pensamientos, opiniones y publicar mis columnas semanales sobre temas de interés social, político y cultural. Se admiten críticas de cualquier tipo y sobre todo el aporte de distintos puntos de vista.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Historias de terror
La amenaza acecha desde la habitación contigua.
Ha sido la técnica estelar del cine de terror desde hace décadas. La víctima, refugiada en la seguridad de su casa sin saber que el enemigo la espera detrás de la siguiente puerta. Sombras, efectos de sonido y actores de primera línea recrean con éxito uno de los ambientes más siniestros posible. Pero la realidad es mucho más cruda que el cine. Y cuando la víctima es una niña indefensa de apenas 4 o 5 años y el victimario, su padre, entonces ningún argumento cinematográfico es capaz de emular el horror y la impotencia.
Durante los últimos meses han desfilado los relatos de niñas violadas de manera reiterada por quienes deberían ser sinónimo de seguridad, confianza y protección. Padres, tíos, hermanos o maestros han sido señalados de crímenes tan sádicos e incomprensibles como la violación sexual en niñas y niños que aun viven sus primeras etapas de desarrollo.
La sociedad no solo ha callado sino ha ido mucho más allá, protegiendo a los agresores y dudando de las denuncias de quienes no tienen ni la edad ni la experiencia para inventar historias tan pavorosas. Siempre me he preguntado cuál ha sido la razón para que la niñez sea relegada y puesta en riesgo por adultos irresponsables cuyo poder de decisión marca para siempre la vida de otro ser humano inocente. Pero no la encuentro. La situación de dependencia de niñas y niños continuará representando un riesgo mientras no se fortalezcan las instituciones del Estado supuestas a protegerlos.
El caso de Gia, la niña quetzalteca aparentemente asesinada por su padre, es uno de esos relatos que parecen sacados de la literatura negra. Sometida a esclavitud sexual desde muy pequeña, Gia parece estar logrando la justicia póstuma gracias a los espeluznantes dibujos de un diario en donde dejó constancia de su tragedia. Las denuncias contra este individuo señalan que también abusaba -de 4 a 5 veces por semana- de sus hijos de 3 y 5 años de edad. Cuando esto sucedía Gia tenía apenas 2 años y era forzada por su padre a participar con su hermano de 5 en escenas pornográficas, so pena de fuertes castigos.
Muchos son los casos que se acumulan en los despachos de Ministerio Público, cada uno más terrible que el anterior. Y aunque parecen extraídos de un prontuario excepcionalmente perverso, la recurrencia indica que es un mal enquistado en todos los niveles de esta sociedad, entre cuyos problemas más extremos no está la inseguridad, sino el silencio.
Es imperativo buscar y encontrar las razones de este pacto siniestro para buscar la salida a una de las patologías sociales más extendidas, como es el abuso sexual contra niñas y niños indefensos, en su propio hogar. En innumerables casos la madre de estos infantes se ha alineado junto al agresor para descalificar las denuncias y también suele suceder que por falta de pruebas contundentes, estos menores regresan a un hogar en donde seguirán siendo objeto de crueles tratos.
A la par y muy relacionado, están el maltrato contra la mujer y el femicidio. Por ello, sorprenderse de la agresividad de quienes nos rodean es absurdo en tanto no se profundice en las raíces psicológicas de los traumas, los cuales parecen ser una herencia transmitida de generación en generación.
(Publicado el 14/09/2013)
Ha sido la técnica estelar del cine de terror desde hace décadas. La víctima, refugiada en la seguridad de su casa sin saber que el enemigo la espera detrás de la siguiente puerta. Sombras, efectos de sonido y actores de primera línea recrean con éxito uno de los ambientes más siniestros posible. Pero la realidad es mucho más cruda que el cine. Y cuando la víctima es una niña indefensa de apenas 4 o 5 años y el victimario, su padre, entonces ningún argumento cinematográfico es capaz de emular el horror y la impotencia.
Durante los últimos meses han desfilado los relatos de niñas violadas de manera reiterada por quienes deberían ser sinónimo de seguridad, confianza y protección. Padres, tíos, hermanos o maestros han sido señalados de crímenes tan sádicos e incomprensibles como la violación sexual en niñas y niños que aun viven sus primeras etapas de desarrollo.
La sociedad no solo ha callado sino ha ido mucho más allá, protegiendo a los agresores y dudando de las denuncias de quienes no tienen ni la edad ni la experiencia para inventar historias tan pavorosas. Siempre me he preguntado cuál ha sido la razón para que la niñez sea relegada y puesta en riesgo por adultos irresponsables cuyo poder de decisión marca para siempre la vida de otro ser humano inocente. Pero no la encuentro. La situación de dependencia de niñas y niños continuará representando un riesgo mientras no se fortalezcan las instituciones del Estado supuestas a protegerlos.
El caso de Gia, la niña quetzalteca aparentemente asesinada por su padre, es uno de esos relatos que parecen sacados de la literatura negra. Sometida a esclavitud sexual desde muy pequeña, Gia parece estar logrando la justicia póstuma gracias a los espeluznantes dibujos de un diario en donde dejó constancia de su tragedia. Las denuncias contra este individuo señalan que también abusaba -de 4 a 5 veces por semana- de sus hijos de 3 y 5 años de edad. Cuando esto sucedía Gia tenía apenas 2 años y era forzada por su padre a participar con su hermano de 5 en escenas pornográficas, so pena de fuertes castigos.
Muchos son los casos que se acumulan en los despachos de Ministerio Público, cada uno más terrible que el anterior. Y aunque parecen extraídos de un prontuario excepcionalmente perverso, la recurrencia indica que es un mal enquistado en todos los niveles de esta sociedad, entre cuyos problemas más extremos no está la inseguridad, sino el silencio.
Es imperativo buscar y encontrar las razones de este pacto siniestro para buscar la salida a una de las patologías sociales más extendidas, como es el abuso sexual contra niñas y niños indefensos, en su propio hogar. En innumerables casos la madre de estos infantes se ha alineado junto al agresor para descalificar las denuncias y también suele suceder que por falta de pruebas contundentes, estos menores regresan a un hogar en donde seguirán siendo objeto de crueles tratos.
A la par y muy relacionado, están el maltrato contra la mujer y el femicidio. Por ello, sorprenderse de la agresividad de quienes nos rodean es absurdo en tanto no se profundice en las raíces psicológicas de los traumas, los cuales parecen ser una herencia transmitida de generación en generación.
(Publicado el 14/09/2013)
Los niños de Siria
Los niños sirios sirven como excusa perfecta para una invasión.
A estas alturas del conflicto, resulta difícil constatar la veracidad de las declaraciones del Departamento de Estado sobre los ataques del gobierno sirio con armas químicas contra la población civil. De hecho, los arrebatos justicieros del país del norte despiertan muchas dudas, dada su bien ganada reputación de actuar acorde a pretextos fabricados para alcanzar objetivos estratégicos bien definidos, tal como sucedió en Irak.
Algo así se observa actualmente con relación al conflicto en Siria. De acuerdo con un reporte de Thierry Mayssan, periodista francés fundador de la red informativa Voltaire y presidente del proyecto Omicar para la defensa de la libertad de expresión, resultan muy reveladores los videos compartidos por Estados Unidos a través de YouTube, en donde aparecen niños víctimas de las fuerzas gubernamentales sirias, aparentemente filmados con anticipación a los hechos denunciados; sumado a esto la numerosa cantidad de infantes entre las víctimas (casi todos de la misma edad), sin familiares que acompañaran sus restos y el hecho aun más extraordinario de que el gas matara a cientos de niños y hombres pero no afectara más que a dos mujeres.
De acuerdo con la investigación de este periodista francés, la difusión masiva de las imágenes satelitales permitió a las familias de los alrededores de Lattaquié reconocer a sus hijos secuestrados dos semanas antes por los rebeldes -un proceso lento y difícil porque casi no quedaron sobrevivientes de la masacre perpetrada por los aliados de Estados Unidos, del Reino Unido y de Francia en las localidades leales al régimen-.
Este reporte también hace énfasis en el hecho de que los gobiernos estadounidense, francés y británico se han puesto de acuerdo en cuanto a expresar su absoluta convicción de que la armada siria ha exterminado con gas a un número indeterminado de civiles. Sin embargo, Meyssan hace énfasis en que las evidencias documentales dejan patente algunos datos interesantes:
1. Estados Unidos y las fuerzas aliadas parecen haber utilizado un tipo de gas sarín que no afecta a las mujeres.
2. Estados Unidos observó durante cuatro días los preparativos de este crimen de lesa humanidad, sin intervenir.
3. La víspera de su utilización, este gas mágico habría matado a niños secuestrados dos semanas antes por las fuerzas Jihadistas a una distancia de 200 kilómetros del punto en donde fueron supuestamente filmados.
4. Los servicios occidentales tienen algún procedimiento secreto para identificar el gas sarín sin necesidad de realizar cultivo de tejido humano.
Sean éstas evidencias o conjeturas, la realidad es que los ataques contra la población civil utilizando armas químicas –similares a las utilizadas por Estados Unidos y sus aliados en otros conflictos- parece un argumento tan verosímil como la historia de las armas de destrucción masiva que escondía Saddam Hussein hasta en el sótano de su casa. Pretexto suficientemente útil en su momento, pero mentira posteriormente aclarada para burla y bochorno de la comunidad internacional.
(Publicado el 09/09/2013)
A estas alturas del conflicto, resulta difícil constatar la veracidad de las declaraciones del Departamento de Estado sobre los ataques del gobierno sirio con armas químicas contra la población civil. De hecho, los arrebatos justicieros del país del norte despiertan muchas dudas, dada su bien ganada reputación de actuar acorde a pretextos fabricados para alcanzar objetivos estratégicos bien definidos, tal como sucedió en Irak.
Algo así se observa actualmente con relación al conflicto en Siria. De acuerdo con un reporte de Thierry Mayssan, periodista francés fundador de la red informativa Voltaire y presidente del proyecto Omicar para la defensa de la libertad de expresión, resultan muy reveladores los videos compartidos por Estados Unidos a través de YouTube, en donde aparecen niños víctimas de las fuerzas gubernamentales sirias, aparentemente filmados con anticipación a los hechos denunciados; sumado a esto la numerosa cantidad de infantes entre las víctimas (casi todos de la misma edad), sin familiares que acompañaran sus restos y el hecho aun más extraordinario de que el gas matara a cientos de niños y hombres pero no afectara más que a dos mujeres.
De acuerdo con la investigación de este periodista francés, la difusión masiva de las imágenes satelitales permitió a las familias de los alrededores de Lattaquié reconocer a sus hijos secuestrados dos semanas antes por los rebeldes -un proceso lento y difícil porque casi no quedaron sobrevivientes de la masacre perpetrada por los aliados de Estados Unidos, del Reino Unido y de Francia en las localidades leales al régimen-.
Este reporte también hace énfasis en el hecho de que los gobiernos estadounidense, francés y británico se han puesto de acuerdo en cuanto a expresar su absoluta convicción de que la armada siria ha exterminado con gas a un número indeterminado de civiles. Sin embargo, Meyssan hace énfasis en que las evidencias documentales dejan patente algunos datos interesantes:
1. Estados Unidos y las fuerzas aliadas parecen haber utilizado un tipo de gas sarín que no afecta a las mujeres.
2. Estados Unidos observó durante cuatro días los preparativos de este crimen de lesa humanidad, sin intervenir.
3. La víspera de su utilización, este gas mágico habría matado a niños secuestrados dos semanas antes por las fuerzas Jihadistas a una distancia de 200 kilómetros del punto en donde fueron supuestamente filmados.
4. Los servicios occidentales tienen algún procedimiento secreto para identificar el gas sarín sin necesidad de realizar cultivo de tejido humano.
Sean éstas evidencias o conjeturas, la realidad es que los ataques contra la población civil utilizando armas químicas –similares a las utilizadas por Estados Unidos y sus aliados en otros conflictos- parece un argumento tan verosímil como la historia de las armas de destrucción masiva que escondía Saddam Hussein hasta en el sótano de su casa. Pretexto suficientemente útil en su momento, pero mentira posteriormente aclarada para burla y bochorno de la comunidad internacional.
(Publicado el 09/09/2013)
El reducto femenino
El papel de la mujer en la publicidad se quedó en los años de 1950.
La modelo baila abrazada a un guacal de ropa recién lavada, con el rostro iluminado por una sonrisa de satisfacción que refleja la sensación de éxtasis provocada por la efectividad del nuevo detergente. Claro que le tocó meter las manos al agua, restregar la ropa, manipular su lavadora y luego colgarla de una cuerda. También le corresponderá ¡por supuesto! plancharla, doblarla y colocarla ordenada en los armarios respectivos para que la familia sea tan feliz como ella.
En otras producciones, el mensaje varía y el protagonista es un frasco de desinfectante para pisos, un producto especial para desengrasar cocinas o un nuevo sabor de refresco que hará la delicia de sus niños. El papel continúa manteniendo la ruta infalible de la domesticidad como destino y vocación de todo el género de manera estricta e inamovible. No faltará en este abanico de creatividad la joven señora sorprendida por la efectividad de un nuevo producto que facilita el planchado, el cual le brindará –como por arte de magia- el privilegio de dedicar ese tiempo tedioso de labores domésticas a jugar con sus hijos en el jardín.
La imagen femenina en la publicidad de nuestros países conservadores, retrógrados y sexistas no ha variado un ápice desde aquellos anuncios de la era mesozoica cuando no había para la mujer otro horizonte que casarse, tener muchos hijitos y pretender ser feliz solo con eso. Y sumado a esto, el uso de la imagen femenina en anuncios dirigidos al sector masculino continúa la vieja tendencia de convertirla en una cosa linda, seductora y fácil de manipular.
Cuando la publicidad hace el esfuerzo de trascender esos esquemas anquilosados, utiliza el recurso mucho más efectivo y moderno de la sofisticación y el humor. Pero ahí también se vuelve a caer en los estereotipos de la mujer tonta y superficial que solo piensa en sus zapatos o en el bolso de última moda. Y se regresa una vez más a la utilización banal y deformante de la imagen femenina, tan degradante como aquellos afiches de taller mecánico que usan a las “pin ups girls” como elemento decorativo.
Lo curioso es que a pesar de una fuerte presencia de mujeres talentosas en el medio publicitario, se mantengan las técnicas y los recursos ya desgastados por tanto uso. Esto hace pensar si no serán los anunciantes quienes prefieren lo ya tradicional y trillado, limitando las opciones a aquellas imágenes que siempre les resultaron efectivas. Desde ese punto de vista, también es preciso poner atención en la audiencia, ya que de no haber una receptividad positiva de esos estereotipos tampoco se produciría el efecto de venta deseado.
Las nuevas generaciones de publicistas deben analizar la pertinencia de realizar un cambio de esquemas en el campo de la publicidad dirigida a las mujeres, el cual permita salir del marco en el cual se ha enclaustrado. Los tiempos actuales, tan difíciles y cargados de conflictos, especialmente en lo referente a los derechos de las mujeres, requieren de propuestas creativas y novedosas que reflejen la participación de este segmento de la población en la construcción de un mundo mejor, más equitativo y más justo.
(Publicado el 07/09/2013)
La modelo baila abrazada a un guacal de ropa recién lavada, con el rostro iluminado por una sonrisa de satisfacción que refleja la sensación de éxtasis provocada por la efectividad del nuevo detergente. Claro que le tocó meter las manos al agua, restregar la ropa, manipular su lavadora y luego colgarla de una cuerda. También le corresponderá ¡por supuesto! plancharla, doblarla y colocarla ordenada en los armarios respectivos para que la familia sea tan feliz como ella.
En otras producciones, el mensaje varía y el protagonista es un frasco de desinfectante para pisos, un producto especial para desengrasar cocinas o un nuevo sabor de refresco que hará la delicia de sus niños. El papel continúa manteniendo la ruta infalible de la domesticidad como destino y vocación de todo el género de manera estricta e inamovible. No faltará en este abanico de creatividad la joven señora sorprendida por la efectividad de un nuevo producto que facilita el planchado, el cual le brindará –como por arte de magia- el privilegio de dedicar ese tiempo tedioso de labores domésticas a jugar con sus hijos en el jardín.
La imagen femenina en la publicidad de nuestros países conservadores, retrógrados y sexistas no ha variado un ápice desde aquellos anuncios de la era mesozoica cuando no había para la mujer otro horizonte que casarse, tener muchos hijitos y pretender ser feliz solo con eso. Y sumado a esto, el uso de la imagen femenina en anuncios dirigidos al sector masculino continúa la vieja tendencia de convertirla en una cosa linda, seductora y fácil de manipular.
Cuando la publicidad hace el esfuerzo de trascender esos esquemas anquilosados, utiliza el recurso mucho más efectivo y moderno de la sofisticación y el humor. Pero ahí también se vuelve a caer en los estereotipos de la mujer tonta y superficial que solo piensa en sus zapatos o en el bolso de última moda. Y se regresa una vez más a la utilización banal y deformante de la imagen femenina, tan degradante como aquellos afiches de taller mecánico que usan a las “pin ups girls” como elemento decorativo.
Lo curioso es que a pesar de una fuerte presencia de mujeres talentosas en el medio publicitario, se mantengan las técnicas y los recursos ya desgastados por tanto uso. Esto hace pensar si no serán los anunciantes quienes prefieren lo ya tradicional y trillado, limitando las opciones a aquellas imágenes que siempre les resultaron efectivas. Desde ese punto de vista, también es preciso poner atención en la audiencia, ya que de no haber una receptividad positiva de esos estereotipos tampoco se produciría el efecto de venta deseado.
Las nuevas generaciones de publicistas deben analizar la pertinencia de realizar un cambio de esquemas en el campo de la publicidad dirigida a las mujeres, el cual permita salir del marco en el cual se ha enclaustrado. Los tiempos actuales, tan difíciles y cargados de conflictos, especialmente en lo referente a los derechos de las mujeres, requieren de propuestas creativas y novedosas que reflejen la participación de este segmento de la población en la construcción de un mundo mejor, más equitativo y más justo.
(Publicado el 07/09/2013)
Mundos opuestos
Desde el pequeño trozo de planeta donde vivimos, el mundo parece ajeno.
Cuando la rutina cierra las compuertas y nos condiciona el tiempo y el espacio, tendemos a creer que así es el mundo. Absorbidos por las actividades diarias no percibimos más allá del entorno inmediato y nos acomodamos en ese pequeño cascarón, desde el cual fingimos una sensación de seguridad tan frágil como falsa.
Guatemala y gran parte de nuestro continente ha vivido bajo la influencia de intereses ajenos a su naturaleza. Nos han convencido de necesitar objetos, bienes y servicios de los cuales podríamos prescindir sin dolor, así como nos han inculcado ideologías cuyos principios tienen raigambre en otras culturas, en otras latitudes, ancladas en otros tiempos.
Aunque hemos avanzado de manera notable, nuestras sociedades parecen ir a tropezones hacia un futuro cambiante de cuyas bondades no hay certeza alguna.
Sin duda una consecuencia de esa dicotomía entre necesidades reales y entrenamiento mercadológico, es la falsa idea de haber alcanzado cierto grado de desarrollo a partir del paisaje urbano y capitalino, así como de una vida diseñada bajo la premisa de que el consumo es bienestar. A esto se debe añadir el aderezo de una ilusión de prosperidad impresa en cifras macroeconómicas, en volúmenes de exportación o en los informes sesgados de algunas organizaciones internacionales que ven el panorama desde una óptica estrictamente cuantitativa.
Pero hay otra realidad. Y es aquella de la pobreza extrema, de la violencia bajo cuya amenaza vive todo un segmento de la sociedad carente de medios de protección –es decir, la abrumadora mayoría- y de los grupos humanos vulnerables a las agresiones, tanto por las actuaciones de funcionarios corruptos, como de organizaciones criminales o compañías poderosas que se han apoderado de su entorno. Esta otra perspectiva es la que obliga a pensar en el mito del tal desarrollo y nos vuelve a enfrentar al retroceso en la calidad de vida y en las posibilidades de avance en aquellos aspectos más relevantes para el ser humano, como son la educación y la cultura, la salud y la estabilidad laboral.
Sin embargo, quienes deciden sobre cada acción determinante para el futuro del país parecen creer que el atraso en aspectos fundamentales es culpa de los pobres. Incluso lo afirman sin ambages. De ahí que en estos reductos de poder se consideren tan indeseables las organizaciones comunitarias, los sindicatos, la prensa, las cooperativas y los grupos de vecinos en defensa de su territorio. De hecho, se los combate con una fuerza desproporcionada que demuestra de manera palpable la falsedad de los conceptos de democracia y desarrollo.
Solo es cuestión de salir de la burbuja capitalina con sus ostentosos centros comerciales, sus enormes edificios de lujo medio vacíos y su pequeña burguesía ciega y sorda al caos que la rodea, para ver que un poco más allá del kilómetro 20 en cualquier dirección, el mundo es otro. Allí está la verdadera muestra de que los preceptos económicos procedentes del mundo desarrollado y mal aplicados por gobiernos corruptos -con la venia de los sectores más poderosos- han dado como resultado una miseria poco menos que irremediable y que, para salir de ella, es absolutamente indispensable revisar conceptos.
(Publicado el 02/09/2013)
Cuando la rutina cierra las compuertas y nos condiciona el tiempo y el espacio, tendemos a creer que así es el mundo. Absorbidos por las actividades diarias no percibimos más allá del entorno inmediato y nos acomodamos en ese pequeño cascarón, desde el cual fingimos una sensación de seguridad tan frágil como falsa.
Guatemala y gran parte de nuestro continente ha vivido bajo la influencia de intereses ajenos a su naturaleza. Nos han convencido de necesitar objetos, bienes y servicios de los cuales podríamos prescindir sin dolor, así como nos han inculcado ideologías cuyos principios tienen raigambre en otras culturas, en otras latitudes, ancladas en otros tiempos.
Aunque hemos avanzado de manera notable, nuestras sociedades parecen ir a tropezones hacia un futuro cambiante de cuyas bondades no hay certeza alguna.
Sin duda una consecuencia de esa dicotomía entre necesidades reales y entrenamiento mercadológico, es la falsa idea de haber alcanzado cierto grado de desarrollo a partir del paisaje urbano y capitalino, así como de una vida diseñada bajo la premisa de que el consumo es bienestar. A esto se debe añadir el aderezo de una ilusión de prosperidad impresa en cifras macroeconómicas, en volúmenes de exportación o en los informes sesgados de algunas organizaciones internacionales que ven el panorama desde una óptica estrictamente cuantitativa.
Pero hay otra realidad. Y es aquella de la pobreza extrema, de la violencia bajo cuya amenaza vive todo un segmento de la sociedad carente de medios de protección –es decir, la abrumadora mayoría- y de los grupos humanos vulnerables a las agresiones, tanto por las actuaciones de funcionarios corruptos, como de organizaciones criminales o compañías poderosas que se han apoderado de su entorno. Esta otra perspectiva es la que obliga a pensar en el mito del tal desarrollo y nos vuelve a enfrentar al retroceso en la calidad de vida y en las posibilidades de avance en aquellos aspectos más relevantes para el ser humano, como son la educación y la cultura, la salud y la estabilidad laboral.
Sin embargo, quienes deciden sobre cada acción determinante para el futuro del país parecen creer que el atraso en aspectos fundamentales es culpa de los pobres. Incluso lo afirman sin ambages. De ahí que en estos reductos de poder se consideren tan indeseables las organizaciones comunitarias, los sindicatos, la prensa, las cooperativas y los grupos de vecinos en defensa de su territorio. De hecho, se los combate con una fuerza desproporcionada que demuestra de manera palpable la falsedad de los conceptos de democracia y desarrollo.
Solo es cuestión de salir de la burbuja capitalina con sus ostentosos centros comerciales, sus enormes edificios de lujo medio vacíos y su pequeña burguesía ciega y sorda al caos que la rodea, para ver que un poco más allá del kilómetro 20 en cualquier dirección, el mundo es otro. Allí está la verdadera muestra de que los preceptos económicos procedentes del mundo desarrollado y mal aplicados por gobiernos corruptos -con la venia de los sectores más poderosos- han dado como resultado una miseria poco menos que irremediable y que, para salir de ella, es absolutamente indispensable revisar conceptos.
(Publicado el 02/09/2013)
Mercado negro
Una siniestra línea comercial: órganos infantiles.
¿Cuánto valen los ojos de un niño? ¿Cuánto la virginidad de una adolescente? La manera como se ha expandido por toda Centroamérica la actividad de la trata de personas es uno de los más grandes desafíos que enfrentan los gobiernos de la región. El tema, que permaneció oculto durante muchos años bajo la superficie de otros tráficos, como el de narcóticos, por fin comienza a debatirse y enfrentarse de manera más abierta.
Las redes de trata son algunas de las organizaciones más siniestras en el mundo del crimen. Trafican con seres humanos de todas edades, sexo y condiciones. Desde recién nacidos para adopciones ilegales, hasta hombres y mujeres adultos para esclavitud sexual o laboral, pasando por la amplia gama de niños, niñas y adolescentes en una serie de vertientes a cuál más perversa: sus órganos sanos para la venta, prostitución, pedofilia o producción de material pornográfico en condiciones de cautiverio.
El combate a estas redes no es cosa de conformar un grupo de tarea para realizar operativos de menor escala. Se requiere de políticas públicas que enmarquen todo un conjunto de medidas de gran impacto, involucrando a todo el aparato estatal en sus diferentes instancias. En este comercio inhumano no se puede actuar con medias tintas. Las redes jamás podrían haber alcanzado los niveles de impunidad y facilidad operativa de los cuales hacen gala, de no contar con la protección y la complicidad de algunos elementos bien colocados en círculos institucionales.
En esta lucha desigual, la sociedad tiene mucho qué aportar. La organización ciudadana en los barrios, en aldeas y caseríos, podría por lo menos crear barreras de protección para los grupos más vulnerables, como son los niños, niñas y adolescentes. Las desapariciones de estos menores se producen a diario sin que las instituciones encargadas de investigar -como el Ministerio Público o la Procuraduría General de la Nación- puedan dar respuesta inmediata a estos casos, ya sea por falta de denuncia o por deficiencias en su capacidad operativa.
No parece posible que una sociedad acepte con resignación una amenaza tan directa contra los miembros más jóvenes de su comunidad. Pero la reiteración de la noticia va creando un bloqueo inconsciente y estos sucesos –los cuales se producen con una frecuencia aterradora- se transforman en una desgracia ajena, vista a la distancia como algo terrible que probablemente nunca nos va a tocar.
Las autoridades tienen que comprender que el crimen no es tolerable. Pero en esa amplia gama de actos de agresión y las violaciones contínuas a la ley, perpetradas por estos grupos criminales, los peores son los cometidos contra la niñez y la adolescencia. La responsabilidad y el compromiso son palabras muy grandes para representar la realidad actual. En las declaraciones oficiales se puede reflejar el propósito de acabar con estas redes, las cuales sin duda están identificadas gracias a los sistemas de inteligencia con los cuales cuenta el Estado, pero las acciones parecen no calzar con la proporción descomunal del poder de acción demostrado una y otra vez por estos seres depravados.
(Publicado el 31/08/2013)
¿Cuánto valen los ojos de un niño? ¿Cuánto la virginidad de una adolescente? La manera como se ha expandido por toda Centroamérica la actividad de la trata de personas es uno de los más grandes desafíos que enfrentan los gobiernos de la región. El tema, que permaneció oculto durante muchos años bajo la superficie de otros tráficos, como el de narcóticos, por fin comienza a debatirse y enfrentarse de manera más abierta.
Las redes de trata son algunas de las organizaciones más siniestras en el mundo del crimen. Trafican con seres humanos de todas edades, sexo y condiciones. Desde recién nacidos para adopciones ilegales, hasta hombres y mujeres adultos para esclavitud sexual o laboral, pasando por la amplia gama de niños, niñas y adolescentes en una serie de vertientes a cuál más perversa: sus órganos sanos para la venta, prostitución, pedofilia o producción de material pornográfico en condiciones de cautiverio.
El combate a estas redes no es cosa de conformar un grupo de tarea para realizar operativos de menor escala. Se requiere de políticas públicas que enmarquen todo un conjunto de medidas de gran impacto, involucrando a todo el aparato estatal en sus diferentes instancias. En este comercio inhumano no se puede actuar con medias tintas. Las redes jamás podrían haber alcanzado los niveles de impunidad y facilidad operativa de los cuales hacen gala, de no contar con la protección y la complicidad de algunos elementos bien colocados en círculos institucionales.
En esta lucha desigual, la sociedad tiene mucho qué aportar. La organización ciudadana en los barrios, en aldeas y caseríos, podría por lo menos crear barreras de protección para los grupos más vulnerables, como son los niños, niñas y adolescentes. Las desapariciones de estos menores se producen a diario sin que las instituciones encargadas de investigar -como el Ministerio Público o la Procuraduría General de la Nación- puedan dar respuesta inmediata a estos casos, ya sea por falta de denuncia o por deficiencias en su capacidad operativa.
No parece posible que una sociedad acepte con resignación una amenaza tan directa contra los miembros más jóvenes de su comunidad. Pero la reiteración de la noticia va creando un bloqueo inconsciente y estos sucesos –los cuales se producen con una frecuencia aterradora- se transforman en una desgracia ajena, vista a la distancia como algo terrible que probablemente nunca nos va a tocar.
Las autoridades tienen que comprender que el crimen no es tolerable. Pero en esa amplia gama de actos de agresión y las violaciones contínuas a la ley, perpetradas por estos grupos criminales, los peores son los cometidos contra la niñez y la adolescencia. La responsabilidad y el compromiso son palabras muy grandes para representar la realidad actual. En las declaraciones oficiales se puede reflejar el propósito de acabar con estas redes, las cuales sin duda están identificadas gracias a los sistemas de inteligencia con los cuales cuenta el Estado, pero las acciones parecen no calzar con la proporción descomunal del poder de acción demostrado una y otra vez por estos seres depravados.
(Publicado el 31/08/2013)
Falsos cristianos
Mentir amparándose en íconos sagrados, es un acto deleznable.
La manipulación de la fe, el aprovechamiento de íconos sagrados para aparentar integridad moral y una espiritualidad no demostradas en otros actos de la vida, constituye una ofensa grave, pero sobre todo una demostración del poco o ningún respeto que inspiran, a los líderes políticos y empresariales, las doctrinas religiosas y también quienes creen en ellas.
No es necesario ser un fervoroso creyente para darse cuenta de que esa mixtura entre política, negocios y espiritualidad no se ve bien. Suena a falsedad por sus cuatro costados y si, además, se escarba en el historial de los protagonistas, resulta obvio que ahí no hay atisbo de autenticidad.
Orar por la paz, la seguridad y la prosperidad de Guatemala no tiene nada de malo. Pero que lo hagan públicamente quienes con sus decisiones han llevado al país a una situación de insostenibilidad en esos precisos temas, es francamente contradictorio. Las oraciones, en este caso, serían más pertinentes si provinieran de quienes se han visto afectados por las acciones de sus líderes, como por ejemplo quienes reciben por su trabajo menos del salario mínimo en las empresas y fincas de los pomposos personajes de la foto y sin que el Estado los proteja.
Se justificaría más si apelaran a la divinidad todas aquellas mujeres que hoy o mañana van a morir de parto y enfermedades prevenibles, si lo hicieran las niñas víctimas de la redes de trata, las cuales son amparadas por la corrupción en todos los niveles de la administración pública. Y, por supuesto, la niñez desnutrida desde antes de nacer.
El cristianismo es una doctrina cuyos fundamentos se afincan en las mejores cualidades humanas. Otra cosa son las iglesias como instituciones -cuyos intereses muchas veces van en dirección opuesta a la esencia de su credo- pero el mensaje original demanda respeto por el prójimo, honradez absoluta, generosidad, comprensión.
Es de preguntarse, entonces, si quienes acudieron a la convocatoria viven bajo estas premisas de manera puntual y comprobable. Si pagan puntualmente sus impuestos sin derivar sus ganancias hacia cuentas en paraísos fiscales. Si cumplen en sus empresas con lo especificado en las leyes, si las acatan en cada momento de su vida pública y privada haciendo lo correcto de acuerdo con los mandatos de la fe que dicen profesar.
Si ante una oportunidad de negocio se atienen a la ética y rechazan el soborno y la manipulación. Si son fieles y respetuosos hacia la persona con quien comparten su vida. Si realmente pueden invocar el nombre de Jesucristo sin que se les crispe la conciencia.
La ciudadanía ha soportado y continúa soportando una presión cada vez más intensa. Su seguridad y la de su familia están en riesgo constante, así como su estabilidad laboral. Todo esto derivado de malas administraciones, de personas cuyas ambiciones han sobrepasado todo lo imaginable, aunado su actuar a la ineficacia de sus políticas y a una constante variación en el rumbo de su gestión. En esta nueva y desafortunada variación de la estrategia de imagen, el parangón con los mercaderes del templo resulta inevitable.
(Publicado el 26/08/2013)
La manipulación de la fe, el aprovechamiento de íconos sagrados para aparentar integridad moral y una espiritualidad no demostradas en otros actos de la vida, constituye una ofensa grave, pero sobre todo una demostración del poco o ningún respeto que inspiran, a los líderes políticos y empresariales, las doctrinas religiosas y también quienes creen en ellas.
No es necesario ser un fervoroso creyente para darse cuenta de que esa mixtura entre política, negocios y espiritualidad no se ve bien. Suena a falsedad por sus cuatro costados y si, además, se escarba en el historial de los protagonistas, resulta obvio que ahí no hay atisbo de autenticidad.
Orar por la paz, la seguridad y la prosperidad de Guatemala no tiene nada de malo. Pero que lo hagan públicamente quienes con sus decisiones han llevado al país a una situación de insostenibilidad en esos precisos temas, es francamente contradictorio. Las oraciones, en este caso, serían más pertinentes si provinieran de quienes se han visto afectados por las acciones de sus líderes, como por ejemplo quienes reciben por su trabajo menos del salario mínimo en las empresas y fincas de los pomposos personajes de la foto y sin que el Estado los proteja.
Se justificaría más si apelaran a la divinidad todas aquellas mujeres que hoy o mañana van a morir de parto y enfermedades prevenibles, si lo hicieran las niñas víctimas de la redes de trata, las cuales son amparadas por la corrupción en todos los niveles de la administración pública. Y, por supuesto, la niñez desnutrida desde antes de nacer.
El cristianismo es una doctrina cuyos fundamentos se afincan en las mejores cualidades humanas. Otra cosa son las iglesias como instituciones -cuyos intereses muchas veces van en dirección opuesta a la esencia de su credo- pero el mensaje original demanda respeto por el prójimo, honradez absoluta, generosidad, comprensión.
Es de preguntarse, entonces, si quienes acudieron a la convocatoria viven bajo estas premisas de manera puntual y comprobable. Si pagan puntualmente sus impuestos sin derivar sus ganancias hacia cuentas en paraísos fiscales. Si cumplen en sus empresas con lo especificado en las leyes, si las acatan en cada momento de su vida pública y privada haciendo lo correcto de acuerdo con los mandatos de la fe que dicen profesar.
Si ante una oportunidad de negocio se atienen a la ética y rechazan el soborno y la manipulación. Si son fieles y respetuosos hacia la persona con quien comparten su vida. Si realmente pueden invocar el nombre de Jesucristo sin que se les crispe la conciencia.
La ciudadanía ha soportado y continúa soportando una presión cada vez más intensa. Su seguridad y la de su familia están en riesgo constante, así como su estabilidad laboral. Todo esto derivado de malas administraciones, de personas cuyas ambiciones han sobrepasado todo lo imaginable, aunado su actuar a la ineficacia de sus políticas y a una constante variación en el rumbo de su gestión. En esta nueva y desafortunada variación de la estrategia de imagen, el parangón con los mercaderes del templo resulta inevitable.
(Publicado el 26/08/2013)
Señorío antigüeño
La Antigua es el reflejo palpable de las debilidades institucionales.
Quien conoció La Antigua Guatemala de hace 30 o más años no la reconocería hoy. De esa ciudad colonial tranquila, de lento palpitar y medio adormecida por el aroma de los floripondios ya no queda más que el recuerdo. Hoy, sus habitantes viven bajo la presión de una creciente invasión de bares y discotecas, para diversión de una nutrida población juvenil capitalina que por alguna misteriosa razón ha preferido trasladar sus parrandas a la ciudad de las rosas.
Hace algunos días circuló el vídeo captado por un vecino de La Antigua, en donde se puede escuchar el estruendo de la música y las montañas de basura que arrojan a la calle desde algunos de estos establecimientos. Cualquier persona puede observar, después de un fin de semana de fiestas y relajos, los “recuerdos” que han dejado los visitantes ocasionales: latas, botellas rotas, papeles, envoltorios de comida, orines y excrementos en plena vía pública.
La Unesco declaró a La Antigua Guatemala Patrimonio Cultural de la Humanidad, en 1979. Un título tan honroso ineludiblemente traía consigo una serie de compromisos y obligaciones. Una de ellas –y no la menos importante- es la preservación de la arquitectura y el auténtico ambiente colonial de esa pequeña urbe. Para garantizar esa condición existe un Consejo Nacional de Protección de La Antigua Guatemala, cuya misión es el “cuidado, protección, restauración y conservación de los bienes muebles e inmuebles, nacionales, municipales o de particulares situados en La Antigua Guatemala y sus áreas circundantes”.
El panorama actual de La Antigua, sin embargo, no parece corresponder a esta declaración de principios institucionales. Edificaciones que rompen la armonía del entorno, basura, escasa iluminación y el libertinaje en el uso de ciertos inmuebles de gran valor histórico hablan de un deterioro acelerado de este patrimonio de la Humanidad, cuya preservación no parece preocupar mucho a las autoridades.
La Antigua Guatemala podría ser una joya. Y aun en su estado actual, sigue atrayendo a miles de turistas cada año, visitantes que ven en ella ese poderoso potencial todavía latente. Sus fachadas, su empedrado y los resabios aun perceptibles de ese señorío tan característico de su época, sugieren la posibilidad de revertir el daño ocasionado por una cadena de malos administradores carentes de visión y faltos de autoridad.
En las condiciones actuales, caminar por esa ciudad ya no es la experiencia grata que alguna vez ofreció a sus habitantes y a sus huéspedes. El tráfico excesivo, con su cauda de contaminación atmosférica, el ruido estridente y el escaso cuidado en la conservación de sus banquetas –lo cual dificulta en grado sumo ese acto básico y cotidiano de caminar por ellas- comienzan a pesar de manera determinante en la pérdida de su encanto legendario.
La Antigua es uno de los atractivos turísticos más emblemáticos de Guatemala. Resguardar esa riqueza con su interesante ingreso de divisas debería ser una prioridad, ya que también es un compromiso de alcance mundial. Por ello, quienes poseen el poder y la autoridad para devolverle el brillo perdido no tienen excusa para no hacerlo.
Quien conoció La Antigua Guatemala de hace 30 o más años no la reconocería hoy. De esa ciudad colonial tranquila, de lento palpitar y medio adormecida por el aroma de los floripondios ya no queda más que el recuerdo. Hoy, sus habitantes viven bajo la presión de una creciente invasión de bares y discotecas, para diversión de una nutrida población juvenil capitalina que por alguna misteriosa razón ha preferido trasladar sus parrandas a la ciudad de las rosas.
Hace algunos días circuló el vídeo captado por un vecino de La Antigua, en donde se puede escuchar el estruendo de la música y las montañas de basura que arrojan a la calle desde algunos de estos establecimientos. Cualquier persona puede observar, después de un fin de semana de fiestas y relajos, los “recuerdos” que han dejado los visitantes ocasionales: latas, botellas rotas, papeles, envoltorios de comida, orines y excrementos en plena vía pública.
La Unesco declaró a La Antigua Guatemala Patrimonio Cultural de la Humanidad, en 1979. Un título tan honroso ineludiblemente traía consigo una serie de compromisos y obligaciones. Una de ellas –y no la menos importante- es la preservación de la arquitectura y el auténtico ambiente colonial de esa pequeña urbe. Para garantizar esa condición existe un Consejo Nacional de Protección de La Antigua Guatemala, cuya misión es el “cuidado, protección, restauración y conservación de los bienes muebles e inmuebles, nacionales, municipales o de particulares situados en La Antigua Guatemala y sus áreas circundantes”.
El panorama actual de La Antigua, sin embargo, no parece corresponder a esta declaración de principios institucionales. Edificaciones que rompen la armonía del entorno, basura, escasa iluminación y el libertinaje en el uso de ciertos inmuebles de gran valor histórico hablan de un deterioro acelerado de este patrimonio de la Humanidad, cuya preservación no parece preocupar mucho a las autoridades.
La Antigua Guatemala podría ser una joya. Y aun en su estado actual, sigue atrayendo a miles de turistas cada año, visitantes que ven en ella ese poderoso potencial todavía latente. Sus fachadas, su empedrado y los resabios aun perceptibles de ese señorío tan característico de su época, sugieren la posibilidad de revertir el daño ocasionado por una cadena de malos administradores carentes de visión y faltos de autoridad.
En las condiciones actuales, caminar por esa ciudad ya no es la experiencia grata que alguna vez ofreció a sus habitantes y a sus huéspedes. El tráfico excesivo, con su cauda de contaminación atmosférica, el ruido estridente y el escaso cuidado en la conservación de sus banquetas –lo cual dificulta en grado sumo ese acto básico y cotidiano de caminar por ellas- comienzan a pesar de manera determinante en la pérdida de su encanto legendario.
La Antigua es uno de los atractivos turísticos más emblemáticos de Guatemala. Resguardar esa riqueza con su interesante ingreso de divisas debería ser una prioridad, ya que también es un compromiso de alcance mundial. Por ello, quienes poseen el poder y la autoridad para devolverle el brillo perdido no tienen excusa para no hacerlo.
(Publicado el 24/08/2013)
Compromisos y promesas
Los compromisos de Estado son independientes de la ideología de gobierno.
El Consenso de Montevideo, aprobado por representantes de 38 países miembros de la CEPAL durante la Primera Reunión de la Conferencia Regional sobre Población y Desarrollo de América Latina y el Caribe, coloca nuevamente sobre la mesa algunos temas torales para nuestros países, como los derechos sexuales y reproductivos, el embarazo en adolescentes, la atención a la niñez, el acceso de la juventud a oportunidades educativas y laborales, la equidad de género y la implementación de políticas públicas tendientes a reducir las enormes desigualdades prevalecientes en cuanto al nivel de vida y el acceso a la riqueza.
Esta ha sido una reunión regional cuyo peso específico –a nivel de consensos, resoluciones y acuerdos- dependerá de la voluntad política de los actores principales: los gobernantes y sus huestes políticas y económicas, quienes detentan el control sobre los mecanismos burocráticos indispensables para realizar los cambios que los países necesitan para salir del subdesarrollo.
Una revisión a las promesas de campañas electorales en todos los países involucrados, daría como resultado una especie de pre-consenso de Montevideo. Todos o casi todos los actuales gobernantes han ofrecido mucho de lo que hoy se presenta como plan estratégico para después del 2014. Es decir, estos mandatarios y sus ministros deberían explicar por qué razón todavía los objetivos fundamentales presentados durante sus respectivas campañas se mantienen en el capítulo de los asuntos pendientes y cuáles son las excusas frente a la cada vez más deteriorada calidad de vida de la población.
Los compromisos de Estado trascienden el marco ideológico de los gobiernos y se erigen como una obligación de estricto cumplimiento, no importando la tendencia de la administración bajo la cual se deban honrar. Desde el momento que las asambleas legislativas de las naciones democráticas ratifican acuerdos, tratados y convenciones, éstos salen del ámbito de lo negociable para entrar en la fase de la obligatoriedad y son ineludibles.
Este protocolo de carácter universal existe precisamente para fortalecer la institucionalidad y proteger las conquistas de los pueblos en el ámbito de los derechos humanos en todas sus vertientes. Por esa razón, consensos como el de Montevideo constituyen un importante avance en la perspectiva de desarrollo humano de los países de la región, al ocuparse puntualmente de temas como la reducción de la brecha en el acceso universal a servicios de salud sexual y reproductiva, equidad de género, protección de los derechos de los migrantes, de las personas de la tercera edad, de las poblaciones indígenas y afro descendientes, o el embarazo en niñas y adolescentes.
Este foro regional debe asumirse como una voz de alerta y un nuevo recordatorio de la agenda prioritaria para aquellas naciones rezagadas en la ruta del desarrollo humano, entre las cuales Guatemala tiene uno de los puntajes más bajos y una de las perspectivas menos prometedoras. Los compromisos asumidos durante este evento tienen suficiente sustancia como para conformar la base de un buen plan de gobierno.
(Publicado el 19/08/2013)
El Consenso de Montevideo, aprobado por representantes de 38 países miembros de la CEPAL durante la Primera Reunión de la Conferencia Regional sobre Población y Desarrollo de América Latina y el Caribe, coloca nuevamente sobre la mesa algunos temas torales para nuestros países, como los derechos sexuales y reproductivos, el embarazo en adolescentes, la atención a la niñez, el acceso de la juventud a oportunidades educativas y laborales, la equidad de género y la implementación de políticas públicas tendientes a reducir las enormes desigualdades prevalecientes en cuanto al nivel de vida y el acceso a la riqueza.
Esta ha sido una reunión regional cuyo peso específico –a nivel de consensos, resoluciones y acuerdos- dependerá de la voluntad política de los actores principales: los gobernantes y sus huestes políticas y económicas, quienes detentan el control sobre los mecanismos burocráticos indispensables para realizar los cambios que los países necesitan para salir del subdesarrollo.
Una revisión a las promesas de campañas electorales en todos los países involucrados, daría como resultado una especie de pre-consenso de Montevideo. Todos o casi todos los actuales gobernantes han ofrecido mucho de lo que hoy se presenta como plan estratégico para después del 2014. Es decir, estos mandatarios y sus ministros deberían explicar por qué razón todavía los objetivos fundamentales presentados durante sus respectivas campañas se mantienen en el capítulo de los asuntos pendientes y cuáles son las excusas frente a la cada vez más deteriorada calidad de vida de la población.
Los compromisos de Estado trascienden el marco ideológico de los gobiernos y se erigen como una obligación de estricto cumplimiento, no importando la tendencia de la administración bajo la cual se deban honrar. Desde el momento que las asambleas legislativas de las naciones democráticas ratifican acuerdos, tratados y convenciones, éstos salen del ámbito de lo negociable para entrar en la fase de la obligatoriedad y son ineludibles.
Este protocolo de carácter universal existe precisamente para fortalecer la institucionalidad y proteger las conquistas de los pueblos en el ámbito de los derechos humanos en todas sus vertientes. Por esa razón, consensos como el de Montevideo constituyen un importante avance en la perspectiva de desarrollo humano de los países de la región, al ocuparse puntualmente de temas como la reducción de la brecha en el acceso universal a servicios de salud sexual y reproductiva, equidad de género, protección de los derechos de los migrantes, de las personas de la tercera edad, de las poblaciones indígenas y afro descendientes, o el embarazo en niñas y adolescentes.
Este foro regional debe asumirse como una voz de alerta y un nuevo recordatorio de la agenda prioritaria para aquellas naciones rezagadas en la ruta del desarrollo humano, entre las cuales Guatemala tiene uno de los puntajes más bajos y una de las perspectivas menos prometedoras. Los compromisos asumidos durante este evento tienen suficiente sustancia como para conformar la base de un buen plan de gobierno.
(Publicado el 19/08/2013)
Vivir con el enemigo
Si los comunicadores no comunican, la democracia queda muda.
Una de las más graves amenazas para la democracia son los atentados contra la libertad de expresión. Signo inequívoco de la corrupción del sistema, la intimidación y los actos de violencia contra periodistas y otros comunicadores revelan las intenciones nada nobles de algunos sectores cuyo objetivo es mantener a la población en la ignorancia, y a la disidencia en el silencio.
Los medios de comunicación con vocación de independencia editorial son las primeras víctimas de los intentos de sabotaje, por erigirse como abanderados en la denuncia y la protesta. Aun cuando existen leyes creadas para garantizar la libertad en la emisión del pensamiento, cualquier fisura en el estado de Derecho constituye un peligro de colapso de éste y otros derechos cívicos a manos de grupos interesados en echar una red de contención a la prensa.
En Guatemala esto no es novedad, durante su historia -antigua y reciente- muchos han sido los intentos de acallar a la prensa y también muchas las batallas ganadas por este sector. Sin embargo, en los últimos meses han arreciado los intentos de intimidación, al punto de hacerse obvios para una sociedad que usualmente se mantiene ajena a este tipo de conflictos. Lo más preocupante es la impunidad que ha rodeado a los ataques, la cual denota el enorme poder que los ampara.
Si en este conflicto han salido a relucir nombres conocidos en el ambiente político y social, tampoco se puede pasar por alto que uno de los aspectos más críticos de esta guerra contra la prensa nacional es la vulnerabilidad de los periodistas y corresponsales que trabajan en el interior de la República. Estos colegas desempeñan una labor fundamental en el ejercicio de la profesión sin más escudo que su carnet de prensa y encomendándose a todos los santos para no sufrir represalias por sus investigaciones, muchas veces relacionadas con el crimen organizado o temas ambientales que ponen el dedo sobre empresas poderosas.
“Viviendo con el enemigo” sería el título de la saga, si ésta fuera una novela de ficción. Pero la situación es real y también lo son las amenazas para acallarlos, lo cual hace temer que el periodismo de provincia se encuentra en proceso de extinción. Enfrentados a una situación de extremo peligro y con el desafío adicional de proteger a su familia y mantenerse vivos, estos profesionales no podrán cumplir su tarea a menos que las autoridades asuman la responsabilidad de hacer valer las leyes que protegen el ejercicio periodístico y recuperen la institucionalidad en todo el territorio nacional.
Lo experimentado por los comunicadores es una situación que podría calificarse como un secuestro de los derechos y libertades ciudadanas. Si la prensa no puede funcionar, tampoco lo harán las instituciones fundamentales del Estado y eso se verá replicado en todas y cada una de las instancias que lo conforman. Este escenario tan precario para el goce de derechos de la ciudadanía implica un desgaste innecesario para el gobierno, el cual debería ser el primer interesado en recuperar el espacio perdido y alinear su actuar con las garantías constitucionales que juró defender.
(Publicado el 17/08/2013)
Una de las más graves amenazas para la democracia son los atentados contra la libertad de expresión. Signo inequívoco de la corrupción del sistema, la intimidación y los actos de violencia contra periodistas y otros comunicadores revelan las intenciones nada nobles de algunos sectores cuyo objetivo es mantener a la población en la ignorancia, y a la disidencia en el silencio.
Los medios de comunicación con vocación de independencia editorial son las primeras víctimas de los intentos de sabotaje, por erigirse como abanderados en la denuncia y la protesta. Aun cuando existen leyes creadas para garantizar la libertad en la emisión del pensamiento, cualquier fisura en el estado de Derecho constituye un peligro de colapso de éste y otros derechos cívicos a manos de grupos interesados en echar una red de contención a la prensa.
En Guatemala esto no es novedad, durante su historia -antigua y reciente- muchos han sido los intentos de acallar a la prensa y también muchas las batallas ganadas por este sector. Sin embargo, en los últimos meses han arreciado los intentos de intimidación, al punto de hacerse obvios para una sociedad que usualmente se mantiene ajena a este tipo de conflictos. Lo más preocupante es la impunidad que ha rodeado a los ataques, la cual denota el enorme poder que los ampara.
Si en este conflicto han salido a relucir nombres conocidos en el ambiente político y social, tampoco se puede pasar por alto que uno de los aspectos más críticos de esta guerra contra la prensa nacional es la vulnerabilidad de los periodistas y corresponsales que trabajan en el interior de la República. Estos colegas desempeñan una labor fundamental en el ejercicio de la profesión sin más escudo que su carnet de prensa y encomendándose a todos los santos para no sufrir represalias por sus investigaciones, muchas veces relacionadas con el crimen organizado o temas ambientales que ponen el dedo sobre empresas poderosas.
“Viviendo con el enemigo” sería el título de la saga, si ésta fuera una novela de ficción. Pero la situación es real y también lo son las amenazas para acallarlos, lo cual hace temer que el periodismo de provincia se encuentra en proceso de extinción. Enfrentados a una situación de extremo peligro y con el desafío adicional de proteger a su familia y mantenerse vivos, estos profesionales no podrán cumplir su tarea a menos que las autoridades asuman la responsabilidad de hacer valer las leyes que protegen el ejercicio periodístico y recuperen la institucionalidad en todo el territorio nacional.
Lo experimentado por los comunicadores es una situación que podría calificarse como un secuestro de los derechos y libertades ciudadanas. Si la prensa no puede funcionar, tampoco lo harán las instituciones fundamentales del Estado y eso se verá replicado en todas y cada una de las instancias que lo conforman. Este escenario tan precario para el goce de derechos de la ciudadanía implica un desgaste innecesario para el gobierno, el cual debería ser el primer interesado en recuperar el espacio perdido y alinear su actuar con las garantías constitucionales que juró defender.
(Publicado el 17/08/2013)
Huérfanos de nacimiento
La muerte materna no es solo un tema de salud, sino de Estado.
Se habla de la muerte materna como dato estadístico. Como consecuencia de las privaciones de ciertos estratos socio económicos, como el resultado de la pobreza y como una realidad inevitable para muchas mujeres carentes de educación y recursos. Pero la muerte materna trae aparejado mucho más que números. Es un reflejo de las enormes desigualdades en el goce de derechos y el profundo racismo existente en Guatemala.
En numerosas ocasiones he conversado con expertas, entre ellas la doctora Mirna Montenegro Rangel, del Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva, Osar, entidad que ha llevado a cabo un monitoreo constante de este problema. Las estadísticas presentadas por el Osar constituyen la radiografía incontestable del drama de miles de niñas, adolescentes y mujeres adultas cuya vida depende de decisiones políticas y actitudes administrativas que no las favorecen en nada.
De los datos de este observatorio se deduce que una postura racional y correcta del gobierno respecto a las políticas públicas en salud sexual y reproductiva podría contribuir de manera radical a la disminución de los embarazos en adolescentes y a la reducción de las muertes maternas con solo implementar programas de educación, nutrición y atención primaria a lo largo y ancho del país.
Pero esto no es solo decisión de una administración –la cual podría ser anulada en cuanto se produzca un relevo en el poder- sino un consenso de toda la sociedad para establecer una política de Estado sin influencia de sectores interesados en mantener las cosas como están, sin presiones doctrinarias ni ideológicas.
Para ejemplificar la dimensión del problema, basta saber que solo en el departamento de Huehuetenango de enero a mayo de 2013, de acuerdo con datos proporcionados por el Programa de Salud Reproductiva del Área de Salud, se detectaron 462 casos de embarazos en niñas de entre 11 y 15 años. Niñas cuyo cuerpo no está preparado para el proceso de la maternidad ni su mente lo está para asumir semejante reto. Las imágenes de esas menores desnutridas, abrumadas por una responsabilidad que no les corresponde y cargando a un bebé con un futuro tan incierto como el de su madre, revelan algo mucho más grave que una deficiencia en la educación. Es la denuncia patente de un sistema de injusticias alimentado por la corrupción, el cual marca la vida de un amplio sector de la población.
A este escenario se añade la violencia sufrida por estas menores al ser objeto de abuso sexual por parte de personas cercanas a su entorno familiar. Y no bastando eso, también experimentan la discriminación a nivel institucional al no contar con una atención integral adecuada a su estado etario y étnico, siendo tratadas como adultas en los centros de salud, cuando tienen acceso a ellos.
Estas niñas violadas tienen más probabilidades de morir durante el parto que una mujer adulta, físicamente preparada para la reproducción. De ahí que una cuarta parte de las muertes maternas se produzcan en niñas y adolescentes. Pero el problema no está solo en evitar esas muertes, sino en reparar las injusticias de un sistema social, político y económico profundamente discriminatorio.
(Publicado el 12/08/2013)
Se habla de la muerte materna como dato estadístico. Como consecuencia de las privaciones de ciertos estratos socio económicos, como el resultado de la pobreza y como una realidad inevitable para muchas mujeres carentes de educación y recursos. Pero la muerte materna trae aparejado mucho más que números. Es un reflejo de las enormes desigualdades en el goce de derechos y el profundo racismo existente en Guatemala.
En numerosas ocasiones he conversado con expertas, entre ellas la doctora Mirna Montenegro Rangel, del Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva, Osar, entidad que ha llevado a cabo un monitoreo constante de este problema. Las estadísticas presentadas por el Osar constituyen la radiografía incontestable del drama de miles de niñas, adolescentes y mujeres adultas cuya vida depende de decisiones políticas y actitudes administrativas que no las favorecen en nada.
De los datos de este observatorio se deduce que una postura racional y correcta del gobierno respecto a las políticas públicas en salud sexual y reproductiva podría contribuir de manera radical a la disminución de los embarazos en adolescentes y a la reducción de las muertes maternas con solo implementar programas de educación, nutrición y atención primaria a lo largo y ancho del país.
Pero esto no es solo decisión de una administración –la cual podría ser anulada en cuanto se produzca un relevo en el poder- sino un consenso de toda la sociedad para establecer una política de Estado sin influencia de sectores interesados en mantener las cosas como están, sin presiones doctrinarias ni ideológicas.
Para ejemplificar la dimensión del problema, basta saber que solo en el departamento de Huehuetenango de enero a mayo de 2013, de acuerdo con datos proporcionados por el Programa de Salud Reproductiva del Área de Salud, se detectaron 462 casos de embarazos en niñas de entre 11 y 15 años. Niñas cuyo cuerpo no está preparado para el proceso de la maternidad ni su mente lo está para asumir semejante reto. Las imágenes de esas menores desnutridas, abrumadas por una responsabilidad que no les corresponde y cargando a un bebé con un futuro tan incierto como el de su madre, revelan algo mucho más grave que una deficiencia en la educación. Es la denuncia patente de un sistema de injusticias alimentado por la corrupción, el cual marca la vida de un amplio sector de la población.
A este escenario se añade la violencia sufrida por estas menores al ser objeto de abuso sexual por parte de personas cercanas a su entorno familiar. Y no bastando eso, también experimentan la discriminación a nivel institucional al no contar con una atención integral adecuada a su estado etario y étnico, siendo tratadas como adultas en los centros de salud, cuando tienen acceso a ellos.
Estas niñas violadas tienen más probabilidades de morir durante el parto que una mujer adulta, físicamente preparada para la reproducción. De ahí que una cuarta parte de las muertes maternas se produzcan en niñas y adolescentes. Pero el problema no está solo en evitar esas muertes, sino en reparar las injusticias de un sistema social, político y económico profundamente discriminatorio.
(Publicado el 12/08/2013)
La paz como utopía
Basta una sola voz, escuchada y repetida hasta formar coro.
“Es imposible seguir callando”, “no se puede vivir con miedo”, “estamos hartos de esta violencia” es el tono creciente en las redes sociales y en los medios de prensa frente a la realidad de un ambiente de criminalidad que parece estar fuera de control. Sin embargo, así como abunda la protesta en estos sistemas de comunicación también es notable la apatía de la ciudadanía cuando se compara con la reacción decidida de la población en otros países ante los abusos de ciertos sectores o simplemente como forma de manifestar su descontento.
Una reacción ciudadana no sucede únicamente frente a decisiones políticas, como es el caso de la gratuidad en la educación en Chile, o las marchas callejeras en España frente a la crisis económica que afecta a la población. También puede ser una manifestación del justo deseo de vivir en paz.
En los últimos años pocas han sido las protestas callejeras masivas, pero todas han tenido un origen y una intención política muy definida. Hoy aparece una iniciativa audaz y diferente, cuyo origen es el desencanto y la frustración de una mujer joven cuyo contacto con la violencia extrema ha sido a través de su participación activa en el movimiento Voces por Cristina. María Fernanda Gallegos actúa en esta ocasión por decisión personal, sola como el famoso Llanero, en una convocatoria que pretende exteriorizar de manera mucho más rotunda el deseo de la sociedad de vivir en paz, de erradicar la violencia criminal, de dejar constancia de su insatisfacción y su voluntad de recuperar las calles y los espacios públicos en donde hoy predomina el miedo.
Guatemala tiene una larga historia de violencia, de manipulaciones políticas y desconfianza en los líderes, por lo cual generar algún movimiento social topa de frente con un gesto espontáneo de rechazo. De inmediato, ante su página en Facebook “Marcha por la Paz. Guatemala”, surgió la sospecha de que detrás del llamado de esta mujer existían fuerzas oscuras que pretendían apoderarse de la acción para aprovechar la convocatoria con intenciones proselitistas. Y comenzaron las especulaciones y rumores. Y se llenaron las redes de hipótesis sobre oscuras confabulaciones.
Pero la realidad del origen de esta Marcha por la Paz convocada para mañana domingo es una especie de reventón de la ola para una joven consciente de que no es este el ambiente en el cual desea vivir, formar una familia y educar a sus hijos. Una mujer joven y productiva quien no quiere más violencia en los hogares ni en las calles y tampoco considera tolerable vivir tras alambre electrificado dejando a su país bajo el dominio de la delincuencia.
Es una postura extremadamente idealista e ingenua en un ambiente cargado de recelos y conflictos de poder, pero al final de cuentas es un paso hacia la expresión de un deseo legítimo. A mí me costó creer en tanto valor, especialmente viniendo de alguien carente de apoyo y sin un grupo que le brindara su respaldo. Por ello, aun si realiza su plantón sola en la Plaza de la Constitución con su bandera azul y blanco, Mafer Gallegos debería ser escuchada porque en ese acto simbólico lleva la voz de miles de seres humanos cuyo único anhelo es vivir en paz.
(Publicada el 05/08/2013)
“Es imposible seguir callando”, “no se puede vivir con miedo”, “estamos hartos de esta violencia” es el tono creciente en las redes sociales y en los medios de prensa frente a la realidad de un ambiente de criminalidad que parece estar fuera de control. Sin embargo, así como abunda la protesta en estos sistemas de comunicación también es notable la apatía de la ciudadanía cuando se compara con la reacción decidida de la población en otros países ante los abusos de ciertos sectores o simplemente como forma de manifestar su descontento.
Una reacción ciudadana no sucede únicamente frente a decisiones políticas, como es el caso de la gratuidad en la educación en Chile, o las marchas callejeras en España frente a la crisis económica que afecta a la población. También puede ser una manifestación del justo deseo de vivir en paz.
En los últimos años pocas han sido las protestas callejeras masivas, pero todas han tenido un origen y una intención política muy definida. Hoy aparece una iniciativa audaz y diferente, cuyo origen es el desencanto y la frustración de una mujer joven cuyo contacto con la violencia extrema ha sido a través de su participación activa en el movimiento Voces por Cristina. María Fernanda Gallegos actúa en esta ocasión por decisión personal, sola como el famoso Llanero, en una convocatoria que pretende exteriorizar de manera mucho más rotunda el deseo de la sociedad de vivir en paz, de erradicar la violencia criminal, de dejar constancia de su insatisfacción y su voluntad de recuperar las calles y los espacios públicos en donde hoy predomina el miedo.
Guatemala tiene una larga historia de violencia, de manipulaciones políticas y desconfianza en los líderes, por lo cual generar algún movimiento social topa de frente con un gesto espontáneo de rechazo. De inmediato, ante su página en Facebook “Marcha por la Paz. Guatemala”, surgió la sospecha de que detrás del llamado de esta mujer existían fuerzas oscuras que pretendían apoderarse de la acción para aprovechar la convocatoria con intenciones proselitistas. Y comenzaron las especulaciones y rumores. Y se llenaron las redes de hipótesis sobre oscuras confabulaciones.
Pero la realidad del origen de esta Marcha por la Paz convocada para mañana domingo es una especie de reventón de la ola para una joven consciente de que no es este el ambiente en el cual desea vivir, formar una familia y educar a sus hijos. Una mujer joven y productiva quien no quiere más violencia en los hogares ni en las calles y tampoco considera tolerable vivir tras alambre electrificado dejando a su país bajo el dominio de la delincuencia.
Es una postura extremadamente idealista e ingenua en un ambiente cargado de recelos y conflictos de poder, pero al final de cuentas es un paso hacia la expresión de un deseo legítimo. A mí me costó creer en tanto valor, especialmente viniendo de alguien carente de apoyo y sin un grupo que le brindara su respaldo. Por ello, aun si realiza su plantón sola en la Plaza de la Constitución con su bandera azul y blanco, Mafer Gallegos debería ser escuchada porque en ese acto simbólico lleva la voz de miles de seres humanos cuyo único anhelo es vivir en paz.
(Publicada el 05/08/2013)
La casita en la pradera
La ostentación de riqueza altera la moral ciudadana.
Recordé esa serie televisiva de los años 70 al ver fotos de las propiedades de Francisco Eduardo Villatoro Cano, uno de los hombres más buscados por las fuerzas del orden. Caballos pura sangre, gallos de pelea y toda clase de objetos de lujo encontrados en sus numerosas mansiones contrastan de manera radical con ese concepto setentero, austero al extremo, del estilo de vida de la familia Ingalls de la casita en la pradera.
¿Por qué recordé esa serie almibarada y romanticona ante el despliegue de riqueza de Guayo Cano? En realidad no lo sé, pero de algún modo tiene que ver con la evolución torcida que ha tenido el concepto de éxito en la vida durante las recientes décadas. Esa obsesión por el poder y el dinero, capaz de elevar el delito a la categoría de estrategia, ha sido una de las causas de mayor decadencia moral de nuestras sociedades; y, por el otro lado, el regreso a los valores fundamentales -como es un concepto realista de las necesidades básicas para tener una vida digna- cae al nivel de conformismo o simple y llano fracaso.
El regreso a los valores y principios de conducta alineados con una visión de ciudadanía según la cual se sume el aporte de cada quien, podría ser la base de un cambio radical en el actual sistema de vida y, por ende, una manera de comenzar a enderezar las torceduras provocadas por la corrupción y la criminalidad. Esto, sin embargo, no parece tarea fácil ante el embate de nuevos conceptos de éxito que han echado raíces muy profundas en las nuevas generaciones, todos ellos amarrados a la conquista de espacios de poder y a la acumulación de bienes materiales.
De acuerdo con estas nuevas pautas resulta más complicado llevar una vida modesta que subirse al carro del enriquecimiento ilícito. Quienes luchan por mantenerse adentro de los límites marcados por la ley tienen menos oportunidades de éxito que aquellos avivados conocedores de todos los trucos, siempre listos para aprovechar los resquicios del sistema para abusar y escamotear lo que corresponde a otros.
Volviendo a la casita en la pradera, ¿quién podría vivir así, cultivando su pedacito de tierra sin necesidad de químicos ni semillas modificadas, sin pagar sobornos, sin sufrir extorsiones, sin verse atrapados en un sistema corrupto? Y, de ser esto posible, ¿se consideraría un éxito de sostenibilidad o esa familia pasaría a engrosar el amplio contingente de quienes nunca triunfaron en la vida?
Es, entonces, procedente preguntarse si la acumulación de bienes trastorna la visión del bien y el mal de quienes observan este despliegue. Si no despierta un deseo de emulación o adormece su sentido de la moral. Al final de cuentas, sería interesante conocer si una vida al estilo de los Ingalls, con sus vaivenes y problemas cotidianos, con el trabajo requerido para conseguir sobrevivir dignamente y educar a sus hijos en un sistema de valores, no es visto como indeseable, precisamente por el inevitable esfuerzo implícito. El ejemplo de estos carteles, por lo tanto, impacta en la sociedad de más de una forma. Siembra la duda y debilita la conciencia. Y las nuevas generaciones en formación constituyen el objetivo perfecto.
(Publicada el 03/08/2013)
Recordé esa serie televisiva de los años 70 al ver fotos de las propiedades de Francisco Eduardo Villatoro Cano, uno de los hombres más buscados por las fuerzas del orden. Caballos pura sangre, gallos de pelea y toda clase de objetos de lujo encontrados en sus numerosas mansiones contrastan de manera radical con ese concepto setentero, austero al extremo, del estilo de vida de la familia Ingalls de la casita en la pradera.
¿Por qué recordé esa serie almibarada y romanticona ante el despliegue de riqueza de Guayo Cano? En realidad no lo sé, pero de algún modo tiene que ver con la evolución torcida que ha tenido el concepto de éxito en la vida durante las recientes décadas. Esa obsesión por el poder y el dinero, capaz de elevar el delito a la categoría de estrategia, ha sido una de las causas de mayor decadencia moral de nuestras sociedades; y, por el otro lado, el regreso a los valores fundamentales -como es un concepto realista de las necesidades básicas para tener una vida digna- cae al nivel de conformismo o simple y llano fracaso.
El regreso a los valores y principios de conducta alineados con una visión de ciudadanía según la cual se sume el aporte de cada quien, podría ser la base de un cambio radical en el actual sistema de vida y, por ende, una manera de comenzar a enderezar las torceduras provocadas por la corrupción y la criminalidad. Esto, sin embargo, no parece tarea fácil ante el embate de nuevos conceptos de éxito que han echado raíces muy profundas en las nuevas generaciones, todos ellos amarrados a la conquista de espacios de poder y a la acumulación de bienes materiales.
De acuerdo con estas nuevas pautas resulta más complicado llevar una vida modesta que subirse al carro del enriquecimiento ilícito. Quienes luchan por mantenerse adentro de los límites marcados por la ley tienen menos oportunidades de éxito que aquellos avivados conocedores de todos los trucos, siempre listos para aprovechar los resquicios del sistema para abusar y escamotear lo que corresponde a otros.
Volviendo a la casita en la pradera, ¿quién podría vivir así, cultivando su pedacito de tierra sin necesidad de químicos ni semillas modificadas, sin pagar sobornos, sin sufrir extorsiones, sin verse atrapados en un sistema corrupto? Y, de ser esto posible, ¿se consideraría un éxito de sostenibilidad o esa familia pasaría a engrosar el amplio contingente de quienes nunca triunfaron en la vida?
Es, entonces, procedente preguntarse si la acumulación de bienes trastorna la visión del bien y el mal de quienes observan este despliegue. Si no despierta un deseo de emulación o adormece su sentido de la moral. Al final de cuentas, sería interesante conocer si una vida al estilo de los Ingalls, con sus vaivenes y problemas cotidianos, con el trabajo requerido para conseguir sobrevivir dignamente y educar a sus hijos en un sistema de valores, no es visto como indeseable, precisamente por el inevitable esfuerzo implícito. El ejemplo de estos carteles, por lo tanto, impacta en la sociedad de más de una forma. Siembra la duda y debilita la conciencia. Y las nuevas generaciones en formación constituyen el objetivo perfecto.
(Publicada el 03/08/2013)
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