domingo, 17 de julio de 2011

Recursos de campaña

Publicado el 06/06/2011

Es sospechosa la manera como los partidos protegen la información sobre sus recursos. 


En un país con un fuerte sistema democrático, es impensable que los partidos políticos oculten la información sobre sus fuentes de financiamiento. Para ello, los argumentos sobran: 1) Quien invierte en una campaña busca beneficios personales; 2) Es una manera ideal de lavar activos sin dejar huellas y además obtener ganancias de mediano y largo plazos; 3) Es un mecanismo sencillo y accesible para tener control sobre las decisiones políticas y económicas del país; 4) Da entrada fácil a las organizaciones sociales sin cumplir requisito alguno.

Cuando los representantes del pueblo en el Congreso de la República son quienes se oponen a estos controles, revelan su falta de compromiso con su juramento y cometen traición a la patria al anteponer los intereses particulares por encima de los del pueblo que los eligió. Con esa actitud, los diputados demuestran su desdén por los preceptos constitucionales, pero también su pofundo desprecio por la integridad del sistema democrático al cual han jurado defender, poniendo en peligro no solo el estado de Derecho sino también la soberanía del país.

En la actualidad, es posible observar a todos estos personajes de comedia atropellándose frente al Tribunal Supremo Electoral para asegurarse un puesto en las papeletas, a pesar de los muchos reparos éticos o legales que llevan sobre sus espaldas. Lo más preocupante es el hecho de que, para los ciudadanos probos que aceptarían arriesgarse a ingresar a ese círculo perverso con intenciones de elevar su nivel, no existe la menor oportunidad. Si no hay dinero a manos llenas, no hay sitio en los listados. Punto.

Este condicionamiento al aporte económico está destruyendo las bases de la democracia, al abrir los accesos al tráfico de influencias por parte de grupos opuestos a un sistema jurídico recto y transparente. En esta carrera de galgos no solo participan narcotraficantes o miembros prominentes de las redes de contrabando, sino también grupos empresariales, los mismos que siempre han estado al acecho para llenarse las bolsas y librarse de las cargas tributarias.

Si esta situación persiste, Guatemala, como Estado libre e independiente, estará acabada muy pronto. La solución existe, la han probado otros países y funciona: establecer máximos no solo en dinero, sino también en espacios públicos, en acceso libre a las frecuencias radiofónicas y televisivas –las cuales son propiedad del Estado y, por lo tanto, del pueblo- y terminar de una vez por todas este nefasto abuso, fijando reglas claras para todos por igual.

Quizás de ese modo algún día se presenten a los cargos más importantes de la nación profesionales honestos, ciudadanos decentes con el ímpetu suficiente para salvar la dignidad de Guatemala y de sus instituciones.

En espiral descendente

Publicado el 04/06/2011

Una revisión de las propuestas de la campaña anterior sería enriquecedora. 


Al escuchar los argumentos de los distintos candidatos para justificar su presencia en las papeletas, se retrocede al pasado en múltiplos de cuatro. Quizás la única diferencia entre los postulados de los candidatos precedentes fuera un esfuerzo más consistente por parecer coherentes, aunque en ningún caso destacaron por su brillantez intelectual.

Es patético observar cómo todos –incluso la señora Torres, quien ha jugado un papel protagónico durante esta administración- alegan inocencia y pretenden tener la fórmula para acabar con los males de Guatemala. Aun cuando han tenido la plataforma necesaria para ejercer una oposición informada ante la gestión gubernamental, aparecen como observadores pasivos del descalabro actual.

Ninguno de ellos puede arrogarse el derecho de fingir ignorancia, ni de colocarse del lado de las víctimas, especialmente si han sido partícipes en los procesos de negociación que afectan las finanzas y el estado general de la administración pública. Han sido legisladores, han sido co-gobernantes, han sido políticos activos y han estado del otro lado de la mesa de discusión como representantes del sector privado.

Esto ha sucedido antes de manera recurrente. Llega un candidato a la palestra con las fórmulas mágicas para acabar con la corrupción, ofrece el respeto irrestricto a los derechos humanos o promete todo lo contrario: la mano dura. Suben al estrado con arrogancia y manosean los colores patrios como adueñándose de una soberanía que jamás han podido defender. Se bañan en agua bendita después de haber tenido el poder de erradicar los males que hoy juran combatir y distribuyen sagrados mandamientos que no son capaces de respetar ni en su propia casa.

Algo que la población debe comprender en su completa dimensión es que ningún candidato ha sido totalmente ajeno a la descomposición actual. Todos ellos han tenido un lugar privilegiado en el quehacer político de esta nación, lo cual incluye al actual mandatario, quien intenta desesperadamente sacudirse la responsabilidad echando la culpa a sus antecesores.

Esta actitud no es nueva ni será la última vez que se vea en un gobernante, pero es conveniente tenerla en cuenta antes de marcar la papeleta. La campaña actual está jalonada de acusaciones e insultos, descalificación de contrincantes y promesas vagas, nada que pueda considerarse de altura para un evento cívico de tal magnitud. Lo que denota este circo es un desprecio absoluto a los valores humanos, un retroceso más a los tiempos oscuros del totalitarismo y una amenaza al sistema democrático, a partir del momento que todos violaron alegremente la ley al iniciar una campaña anticipada. La espiral sigue descendiendo y la ciudadanía, a poco más de 3 meses, no sabe por quién votar.

Cualquiera al poder

Publicado el 30/05/2011

¿Qué buscan los partidos con su pretensión de eliminar el requisito del finiquito?


El finiquito es un documento que, en un sistema democrático y con un estado de Derecho vigente, garantiza la probidad de los candidatos que desean optar a cargos de elección popular. En otras palabras, protege a la ciudadanía de posibles funcionarios corruptos, delincuentes con procesos pendientes o individuos con un prontuario nutrido por diferente tipo de delitos.
El hecho de que los partidos políticos soliciten al Tribunal Supremo Electoral eliminar este requisito, es una forma muy evidente de confesar que en sus filas hay elementos sospechosos o abiertamente indeseables. Es decir, esas instituciones –porque los partidos lo son- pretenden encubrir delitos o faltas de sus candidatos con el supuesto objetivo de darles acceso a la tan deseada inmunidad y facilitarles la comisión de nuevos delitos desde el seno mismo del aparato estatal.
Este requisito indispensable para transparentar la gestión pública resulta muy aplicable en el caso de diputados y alcaldes. La mayoría de ellos, buenos y malos, buscan la reelección. Y también es mayoría quienes tienen denuncias por malos manejos de los fondos o por conductas sospechosas de corrupción. Y lo que sus organizaciones hacen al solicitar la impunidad, es encubrirlos.

La situación del país, con su debilidad institucional y la falta de fiscalización de la gestión gubernamental por parte de la ciudadanía, demanda la aplicación estricta de las leyes y no la búsqueda de tratos de excepción para facilitar el ingreso de personas sospechosas al círculo del poder político. Si los líderes de los partidos no tienen la integridad necesaria para garantizarle esto a la población, tampoco deberían gozar de sus preferencias electorales.
La sola iniciativa de solicitar la exoneración de la presentación de los finiquitos resulta reprobable y altamente perjudicial para el correcto desarrollo del proceso electoral. Ya las campañas cometen graves violaciones a las leyes al invadir el espacio público, haciéndolo incluso desde antes de lo permitido por las leyes que regulan la materia. Esa actitud arrogante de las organizaciones políticas más parece un reflejo de la arrogancia inveterada de sus financistas, aquellos que se creen dueños de Guatemala.
Lo demostrado con esta nueva manera de evadir la aplicación de la ley es que ninguno de los partidos solicitantes de exoneración merece un solo voto del pueblo. No solo resultan sospechosos de delitos sino además muestran un total desprecio por la soberanía de las normas constitucionales, lo cual marca la ruta de sus futuras acciones.
Si la ciudadanía muestra algo de respeto por sí misma, debería tomar nota cuidadosa de este hecho y tomarlo muy en cuenta al momento de emitir su sufragio. El futuro de sus hijos y de su patria dependen de ello.

Esas cosas de la vida

Publicado el 28/05/2011

En tierra de nadie cualquiera se apodera de los espacios públicos. 


La ciudad se despierta cada mañana con un paisaje nuevo. Miles de carteles pegados en los muros, colgando de los postes y clavados en los árboles. Rostros ya conocidos de tan vistos, sonriendo con dientes y pieles blanqueadas desde los muppies, vagas promesas de nada o de cualquier cosa desafiándonos desde inmensas vallas panorámicas. Comenzó de nuevo la campaña, la misma que ya estaba en las calles sin autorización del TSE.
Es probable que esa irrupción en el entorno resulte normal para una buena parte de la población, porque ya está acostumbrada a la contaminación visual comercial, no muy diferente de la política. Sin embargo, la tolerancia ante ese abuso del espacio público no es más que una manifestación de la pasividad de la comunidad, resignada a su papel de espectadora de la decadencia de sus instituciones y de sus líderes. 
La municipalidad de Guatemala emitió hace más o menos una semana una norma prohibiendo el uso de la infraestructura urbana como postes, puentes, pasarelas y otras instalaciones. Al día siguiente, estaba todo tapizado de afiches. ¿Negociaciones privadas con el alcalde o simplemente el uso de la costumbre de hacer caso omiso de la ley?
Pero eso no sería nada si esta campaña no se caracterizara por su extrema vacuidad. No hay propuestas, nadie presenta programas serios y algunos candidatos creen que la población es simplemente estúpida y basta con regalarle un almuerzo para conseguir su voto. Aun cuando tuvieran razón en este último punto, es un insulto a la ciudadanía llegar a las candidaturas con las manos tan vacías como el cerebro.
Hay casos extremos, como el de la esposa del alcalde de la capital, quien se limita a referirse a Dios –quien, aparentemente, le habló en vivo y en directo para encomendarle la salvación de Guatemala- pero de planes de gobierno, nada. Ese tema no está en la mesa para ser discutido y por lo visto, tampoco le quita el sueño.
La característica de esta campaña electoral es la falta de información y el exceso de retratos. En otras ocasiones ha predominado la presencia de símbolos de los partidos, pero hoy parece que los recursos de la tecnología hacen muy apetecible figurar con la cara tersa como nalga de bebé y una expresión acorde con el tono del discurso. Ceñudos unos –los de mano dura- y sonrientes otros –los encomenderos de la divinidad.
Si así serán las cosas, no hay que extrañarse de un alto nivel de abstencionismo en un evento que se caracteriza por la falta de propuestas serias, racionales, bien estructuradas, coherentes con la realidad trágica y poco promisoria que actualmente vive Guatemala. Eso sí, todos hacen gala de un caudal impresionante de recursos económicos, pero ninguno de los candidatos da razón de su origen. Quizás si se descubre ese pequeño detalle, habría una idea más clara de hacia donde va el futuro del país. 

El fin del mundo

 Publicado el 23/05/2011

No tengo idea de dónde comenzó a circular el mensaje de que el mundo se acaba. 

Como todos esos rumores de origen incierto, el que anunció el fin del mundo para el fin de semana pasado invadió la internet y fue creciendo a medida que se transformaba en motivo de broma para los usuarios de las redes sociales.
Es probable que solo fuera una feliz coincidencia, pero mientras llegaba la hora del anunciado fin del mundo, Piñera enfrentaba con enfado varias manifestaciones de rechazo a su gestión, reprimidas con lujo de fuerza por los cuerpos especiales, España vivía una de las mayores jornadas de protesta de su historia cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, y en Francia se replicaba en menor escala el campamento de la Plaza del Sol.
Todas estas manifestaciones masivas parecen apuntar hacia un mismo objetivo: retomar los valores de la democracia auténtica, propiciar un acuerdo social que beneficie a todos, eliminar los privilegios del gran capital y proteger a los países de la invasión de compañías multinacionales cuyas ganancias crecen en proporción inversa a los beneficios de las naciones en las cuales operan.
El derecho al trabajo y la obligación de los Estados de proteger el patrimonio natural destacan fuertemente en las protestas. Las leyes de los países que funcionan bajo la sombra del capitalismo deshumanizado impuesto por Estados Unidos y Europa están orientadas a proteger a grupos privilegiados por medio de legislaturas comprometidas con el capital que financia sus campañas electorales.
De ahí surgen las absurdas propuestas de desarticular al aparato estatal para reducir su poder, contrario a lo que hacen los países del primer mundo cuyos mecanismos de control de la sociedad son cada vez más extensos y cuyas burocracias cada vez más intrusivas tanto en su ámbito interno como en los países bajo su órbita de influencia.
La recuperación de la democracia tendrá que pasar por una reforma de las leyes. El capitalismo se ha desvirtuado tanto como el concepto de libertad, que sólo funciona para segmentos muy selectos de la población: el que posee los medios para adquirirlo.
La extrema discrecionalidad de los gobernantes para establecer compromisos con las compañías multinacionales debería pasar por una revisión exhaustiva, con el texto constitucional en mano, para establecer límites realistas a esa forma de poder. Un presidente puede actualmente cambiar la geografía de su país, alterar las condiciones de vida de grandes sectores de la población, permitir la contaminación de sus aguas y no parece existir la fórmula legal para impedir semejante pérdida de soberanía. Afortunadamente no se produjo el fin del mundo, pero ¿será el principio del fin de este tipo de capitalismo?

sábado, 16 de julio de 2011

Un nuevo compromiso

He dejado abandonado mi blog por temporadas. Eso ha sido por mi presencia cada vez más permanente en las redes sociales. Sin embargo, tengo que encontrar la manera de vincular este blog a mis otros sitios para mantenerlo actualizado y vigente. Después de todo, es mi mejor archivo de opinión sobre temas actuales, y sin duda se irá transformando en una buena fuente de información sobre acontecimientos pasados. Desde mi particular punto de vista, por supuesto.
Lo que me comienza a fascinar de esta interacción constante en la web es la enorme riqueza de información a la que tenemos acceso quienes nos dedicamos al mundo de la comunicación. Entre mucha basura, hay auténticas perlas, pero es preciso tener muy buen olfato para saber diferenciar entre una cosa y otra.
En la red he encontrado a personas inteligentes, lúcidas, involucradas con el desarrollo de su país y comprometidas con sus ideales. Eso, al final de cuentas, es un respiro entre tanta corrupción y venalidad, entre las muestras de ambición extrema y los intentos por regresar al oscurantismo del medioevo.
Nuestra obligación es contribuir al debate, participar con buenas propuestas y creer cada vez más en la posibilidad de un cambio positivo. De otro modo, de nada serviría dedicar tiempo y esfuerzo a esta noble tarea del periodismo.

sábado, 21 de mayo de 2011

Esperando a Godot

El señor Presidente espera… pero aun no sabe qué. 

El presidente Colom da declaraciones a la prensa y se encarga de que la ciudadanía sepa cuán consciente es de la situación crítica que atraviesa el país. A la pregunta de cajón: ¿y entonces, qué va a hacer? Responde con parsimonia: “esperamos el momento oportuno”.

Es probable que esta frase pase a la historia. También es probable que pasen, junto con la frase, el proceso democrático, el estado de Derecho, la soberanía nacional, la independencia de poderes y todos los sueños de justicia del pueblo de Guatemala. Es difícil establecer si Colom ve la matanza de 27 campesinos inocentes como “el momento oportuno” o si no lo pensó antes de decirlo. En todo caso, nunca se había visto un panorama tan nefasto bajo un gobierno que carece de una política coherente ante el peor embate del crimen organizado en los últimos años.

Aun cuando no es un asunto de broma, esto parece extraído de la famosa obra de Samuel Beckett, uno de los mejores exponentes del teatro del absurdo. Guatemala se ha pasado esperando. Esperó a que terminara una guerra insensata que diezmó a la población más vulnerable. Esperó a que con el fin del conflicto y una nueva Constitución, el país enderezara el rumbo. Esperó a que, con cada cambio de gobierno, se acabara la corrupción. Esperó a que los elegidos cumplieran sus promesas. Y sigue esperando que en el próximo período las cosas mejoren.

Y nada sucede ni sucederá, porque el sistema es el mismo y los protagonistas también. El problema es que ya Guatemala no puede seguir esperando, porque el camino es el equivocado y por allí no vendrán los cambios que el país necesita. Una de las medidas fundamentales para revertir la caída es reestructurar a la PNC, reforzar al Ministerio Público de manera sustancial, respetar la independencia del organismo judicial y de las demás instituciones del Estado y convertir al Ejército en un cuerpo efectivo para el combate del narcotráfico y el resguardo de las fronteras.

Pero también es urgente el combate a la pobreza extrema con políticas de largo plazo que propicien un desarrollo sostenible y una repartición justa de la riqueza. El juego perverso de favorecer a los empresarios que pagan su cuota para financiar las campañas ha transformado a la nación en su feudo, y es imperativo cambiar la ley electoral si es que existe voluntad de dar a la democracia una posibilidad de supervivencia.

Es notable cuán alejado está el mandatario de la realidad del pueblo al cual ha engañado durante estos cuatro años. No parece tener idea del sufrimiento de las familias que pierden a diario a sus integrantes por extorsiones, asaltos a mano armada, venganzas o simplemente la mala suerte de encontrarse en el momento y lugar equivocados. ¿Un acuerdo nacional? No es mala idea, pero entonces urge dejar de esperar.

30 años atrás

La campaña electoral que se realiza hoy es una vergüenza para Guatemala. 

¡Cuánta razón contiene la columna de ayer de Gustavo Berganza! Guatemala se ha convertido en el epítome de la corrupción política y hoy vemos una competencia electoral tachonada de estrellas negras atropellándose por figurar en primera fila, pavoneándose por la impunidad de sus hazañas y mofándose de la población desde vallas, muppies, spots de televisión y páginas de prensa.

No contentos con eso, se atropellan en las antesalas de los financistas elaborando, cada quien, las más atractivas promesas de privilegios para conseguir el ansiado cheque, amparados en una ley que les protege contra señalamientos o investigaciones incómodas las cuales les pondrían en aprietos en cualquier país respetuoso del estado de Derecho.

Esta carrera por los cargos de elección popular se caracteriza por una total falta de respeto por la ciudadanía. Esa ciudadanía impotente, que se limita a especular sobre la inconveniencia de elegir a alguno de ellos, o por la conveniencia de entorpecer el paso de algún otro, pero incapaz de escoger a un candidato sin tacha porque ese no existe.

Esta carrera es de galgos bien entrenados en el arte de mentir y negociar la soberanía nacional por pedazos.

Y entonces ¿qué sucede con los líderes auténticos y legítimos? ¿qué pasa con las mujeres que aspiran a competir en igualdad de condiciones pero resistiéndose a vender sus postulados programáticos? Nada. No pasa nada. De hecho, este sector de la ciudadanía que se niega a hacer concesiones por respeto a su integridad, es marginado y expulsado del ruedo por quienes concentran la fuerza política y económica gracias a negociaciones fraudulentas y acuerdos secretos con grupos de poder.

Es válido repetirlo una y otra vez: las mujeres y los hombres cabales están siendo marginados de estas elecciones por los dirigentes de los partidos, porque amenazan el tráfico de influencias y constituyen un obstáculo para la corrupción, el clientelismo y los acuerdos con el crimen organizado.

Si ese es el escenario actual, ¿qué le espera a este país en los próximos años? No se requiere una bola de cristal para saberlo, se puede predecir la profundización de la miseria extrema, el ensanchamiento del foso que separa a las clases más ricas del resto de la población y el empobrecimiento acelerado de la clase media.

Es curioso que en la medida que avanzan las décadas, el país retrocede en el tiempo. Creo que este evento electoral será más sucio que cualquiera de los realizados durante el conflicto armado, pero por una razón bien marcada: hoy existe un sistema jurídico sostenido por un estado de Derecho. La conducta solapada y la burla que hacen los líderes políticos de la ética y la decencia, muestran que aún después de más de 30 años Guatemala no se ha ganado el honor de ser llamado un país democrático.

Cuidado con los extremos

Del total anonimato sobre el uso de teléfonos celulares, al control absoluto. 

Uno de los aspectos más importantes al proponer el establecimiento de medidas capaces de afectar la información privada de las personas, es quién tendrá acceso a ella. La propuesta de unificar el registro de identificación con la numeración telefónica puede ser muy interesante en países con un estado de Derecho funcional, pero es preciso ser muy cuidadoso en donde no existe una administración pública profesional controlada por un sistema adecuado de servicio civil.

En la actualidad, cada cuatro años se practica un relevo de prácticamente todos los puestos de importancia en la burocracia estatal, los cuales son ocupados bajo la premisa de premiar la fidelidad a las nuevas autoridades, la amistad o el parentesco con el mandatario, la afiliación al partido o la ayuda que se haya prestado durante la campaña. Los méritos y la capacidad técnica y profesional para ocupar una plaza determinada no se cuentan entre los factores de decisión.

Imaginemos que este procedimiento de control de identidad vinculado a la telefonía celular se estableciera en Guatemala, en donde la burocracia y las fuerzas de seguridad –entre las cuales es preciso incluir los cuerpos de investigación encubiertos- están tachonadas de elementos corruptos, muchas veces vinculados con el crimen organizado. ¿Qué garantía tendría cualquier ciudadano de que sus llamadas no fueran escuchadas, de que su ubicación física no estuviera bajo la mirada de algún criminal o sus datos personales no fueran convertidos en capital de intercambio entre pandillas?

Sin duda, esta medida reduciría de manera importante las estadísticas de robo de celulares. Sin embargo, podría incrementar significativamente el de extorsiones, precisamente por la vulnerabilidad a la cual se sometería a toda la población. Las redes criminales, al no ser ajenas al aparato burocrático -y eso lo saben muy bien los representantes en el Congreso de la República- cada día afianzan más su poder . Por lo tanto, proponer que se legisle sobre el tema y el nuevo sistema se imponga a nivel nacional debe ser precedido por acuciosos estudios que justifiquen el cambio y garanticen su transparencia.

Para controlar en parte el problema de los asaltos y el robo de celulares hay medidas mucho más accesibles y menos onerosas, como exigir a las compañías de telecomunicaciones que no se active ningún aparato cuya procedencia sea dudosa. Estas compañías transnacionales controlan el servicio estratégico por excelencia –las comunicaciones- y eso las obliga a privilegiar la seguridad del país en donde operan por encima de sus cuantiosos beneficios económicos, acumulados gracias a sus muy bien negociados privilegios.

Buscando empleo

Los políticos olvidan a quienes les deben su empleo y sus privilegios económicos. 

La campaña de carteles iniciada por la organización “El dueño de Guatemala soy yo” me parece oportuna, bien pensada y totalmente justificada. Ya va llegando la hora de la rendición de cuentas y de la fiscalización pública de los candidatos a cargos de elección popular. No es posible mantener la tradición nefasta del secretismo que sólo ha propiciado corrupción, compradrazgo y malas prácticas políticas y administrativas.

Un candidato a cualquier puesto de la administración pública tiene la absoluta obligación de presentar sus antecedentes y sus calificaciones personales y profesionales ante el pueblo, para garantizar una elección basada en los atributos reales de cada uno de los postulantes. En Guatemala se han visto casos tan inconcebibles como la elección de diputados y alcaldes con antecedentes penales o contra quienes se habían presentado solicitudes de antejuicio por diferentes delitos, entre los cuales el menor de ellos es corrupción.

Ya existe el antecedente de un expresidente acusado por asesinato y otro con una demanda por fraude. Presidentes del organismo legislativo con prontuario de genocidio y corrupción comprobados. Es decir que la historia de este país se está construyendo con ladrillos rajados, lo cual constituye una amenaza grave a su institucionalidad.

No pueden, entonces, venir los políticos a tachar de vandalismo una campaña perfectamente legítima realizada por un grupo de ciudadanos cansados de tanto abuso. Quienes tienen derecho a manifestarse son los electores, y los candidatos harían mejor en responder a sus cuestionamientos sin poses arrogantes de “dueños de la finca”. Estoy segura de que muchas personas han sonreido con satisfacción al ver los humildes carteles de cartón sobre los elegantes muppies de alta tecnología.

El dinero que están derrochando a manos llenas en una campaña que, por anticipada, ya rompió las normas legales, es un insulto para un pueblo hambriento y abandonado como el que irá a votar el 11 de septiembre. La gente merece algo mejor que candidatos vacíos de propuestas, vacíos de calidad humana y vacíos de conocimiento sobre los problemas del país.

Este no es un territorio en disputa entre carteles, que es en lo que se están convirtiendo los partidos. La participación popular es la primera de las prioridades si se desea reconstruir el tejido social sobre una plataforma democrática real. Por lo tanto, es imperativo que los políticos en la arena y sus financistas en la oscuridad pongan más atención a las demandas de sus potenciales electores.

¡Bravo! para quienes idearon la campaña de “Busco empleo”, por pertinente y oportuna. Sólo hay que ver los rostros que coronan esos carteles para darse cuenta de cuán relevante es indagar sobre sus antecedentes y calidades.

sábado, 7 de mayo de 2011

Tendré que emigrar

Lástima por mi blog, pero el hecho de ser un sitio gratuito lo deja a merced de la pauta comercial y estoy viendo que en mi blog, algo que en algún momento tuve la ilusión de tener bajo control -por lo menos en su contenido- hay un enorme y destacado anuncio del PAN con el retrato de Gutiérrez.
Eso me trajo de golpe a la realidad de esta dependencia de los servicios sin costo que, de otro modo, terminan saliendo caros.
Así es que en cuanto tome la decisión de a dónde ir, voy a emigrar con mi quinto patio. Ya les avisaré a los cuatro (¿o tres, quizás?) amigos que me leen en esta solitaria página.

Mujeres al ruedo

Es fundamental garantizar la participación de la mujer en las próximas elecciones. 

La resistencia a la participación femenina en política tiene muchas facetas. Una de ellas, sutil y poderosa, es el temor de las propias mujeres a enfrentar la oposición de su pareja, de su familia o de su comunidad y, de hacerlo, a pagar las consecuencias por su rebeldía. La cultura patriarcal tiene fuerte raigambre en amplios sectores de la sociedad y constituye un valladar importante para el desarrollo pleno de la democracia, la cual no existe mientras no haya participación igualitaria de la otra mitad de la población.

Cada vez que se plantea la posibilidad de establecer un sistema de cuotas en la Ley Electoral y de Partidos Políticos, se escuchan los argumentos a favor y en contra de una medida considerada radical. Aún cuando esta política existe y se aplica en muchos países del mundo, en Guatemala los círculos de la política tradicional la rechazan por inconveniente, poco oportuna y difícil de implementar.

El fondo de la cuestión es un asunto de poder. Durante años se ha observado el tono despreciativo, peyorativo y sexista usado por los políticos para referirse a sus colegas mujeres. A las activistas políticas y a quienes han logrado puestos relevantes se las juzga por su condición de mujer y no por los resultados efectivos de su labor.

En la campaña actual, se percibe desde el interior de los partidos políticos una fuerte oposición a la participación femenina y a concederles espacios importantes en los listados para cargos de elección popular, los cuales se negocian entre los de siempre, quienes cierran filas para consolidar sus posiciones de privilegio.

La lucha de las mujeres por su derecho legítimo –garantizado, además, por la Constitución Política de la República- no debería ser una misión de alto riesgo. En la actualidad, se observa con preocupación que aquellas mujeres valientes y decididas a participar en representación de sus comunidades enfrentan amenazas contra su vida, intimidación y rechazo de oponentes ferozmente decididos a cerrarles el paso.

La mujer involucrada en el destino de su patria es, por lo general, más responsable, transparente y eficiente en su trabajo, como lo han demostrado la mayoría de diputadas y funcionarias en cargos de gran responsabilidad. El hecho de colocarles valladares a su intención de contribuir al desarrollo de la nación no es más que el miedo a perder esos anillos de complicidad que han llevado al país a convertirse en un paradigma de corrupción.

No se debe confundir con el hecho de que esta vez haya varias mujeres compitiendo por la presidencia, porque ése es un tema distinto que merece un análisis de fondo. Aquí hablamos de los impedimentos reales de esta sociedad machista contra el derecho de las mujeres a postularse para gobernadoras, alcaldesas, diputadas o dirigentes de los partidos políticos. Estamos en el siglo veintiuno, es tiempo de cambiar.