lunes, 25 de noviembre de 2013

sábado, 21 de septiembre de 2013

El gen del conformismo

Adjudicar a otros las responsabilidades propias es un síndrome generalizado.

Una de las virtudes de las redes sociales es su calidad de espejo de la sociedad. Allí se puede apreciar con bastante nitidez la manera de ver la vida, el comportamiento social, los mecanismos de evasión y aquellos rasgos característicos que marcan a una cultura determinada.

A través de los meses, me ha resultado fascinante comprobar la facilidad con la cual la mayoría echa sobre los hombros de Dios el pesado fardo de proteger a la niñez, combatir la corrupción, reducir la violencia, colocar en el mando a un buen y honesto gobernante, reducir el costo de la vida, resguardar el patrimonio natural, evitar el contrabando y combatir el narcotráfico. Para todo es bueno y todo se espera de su infinito poder, siempre y cuando no sea la ciudadanía la que tenga que involucrarse en tan complicadas tareas.

Es y ha sido el mensaje más recurrente recibido en los muros de facebook, por ejemplo, al compartir notas sobre asesinatos de personas inocentes cuyo único pecado para alcanzar tan lamentable final ha sido el simple hecho de existir, excusa suficiente para que un perverso asesino les quite la vida con un par de balazos.

Este afán de endilgarle semejante paquete de obligaciones parece haberse infiltrado en el imaginario social con la persistencia y profundidad de un gen. Tanto como el color del cabello o la complexión física, la convicción de que Dios va a resolver todo sin que uno tenga que mover un dedo, parecen ser rasgos indeleblemente impresos en lo profundo del ADN.

Creo firmemente que una cosa es la fé y otra muy distinta el cumplimiento de las responsabilidades que vienen implícitas en el ejercicio de la ciudadanía. Una sociedad no se mueve únicamente por la fuerza de las creencias religiosas. De hecho, su motor es la participación ciudadana en todos los aspectos de la vida en comunidad. Por ello, encomendarse a Dios puede ser muy positivo siempre y cuando no sea el único acto dirigido a cambiar un estado de cosas torcido y lleno de fallas estructurales.

Esta especie de conformismo congénito tiene una variante peligrosa, y es la negación absoluta de que el ser humano también tiene el poder de alterar la ruta de su propio destino, siempre y cuando actúe en esa dirección. De creer más en la humanidad y en su capacidad de adaptación al cambio, en su talento para romper estructuras y crear otras más aptas para las necesidades de la sociedad, no habría tanto estancamiento como el que se percibe actualmente.

La consigna para alcanzar objetivos comunes es involucrarse y participar. Actuar con decisión para exigir resultados, hacer más eficiente la gestión del Estado, controlar el gasto de los fondos -cuyo origen es el trabajo de cada ciudadano-, denunciar la corrupción y comprometerse a no alimentarla, son pasos aparentemente insignificantes pero de enorme impacto si todos van en la misma dirección.

Encomendarse a Dios es algo positivo, siempre y cuando no se utilice como un refugio contra la realidad. Las doctrinas religiosas también enseñan a servir, a compartir y a comprometerse en una labor común para lograr todo aquello que engrandece a las naciones.

(Publicado el 21/09/2013)

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ciudadanía

Pertenecer a una sociedad no se reduce a vivir en ella.

Cae bien, en medio de las fiestas patrias, reflexionar sobre la responsabilidad individual, la participación, el goce de derechos y el cumplimiento de responsabilidades ciudadanas. Lo cierto es que el ejercicio correcto de la ciudadanía implica mucho más que ir a votar un día de elecciones con los documentos vigentes y una actitud respetuosa. Tampoco basta tener al día el pago de obligaciones tributarias o haber obtenido el DPI y el impuesto de circulación en las fechas indicadas. Todas esas son obligaciones básicas.

El respeto a las leyes viene en el pacto social desde el momento de nacer, por lo cual no debería considerarse un gesto de buena voluntad o una cualidad excepcional, sino el simple cumplimiento de un deber insoslayable. Sin embargo, es fácil observar que ninguna de estas condiciones se cumple en forma generalizada. Quien tiene un buen asesor financiero y contactos ubicados en altas esferas logra con extraordinaria facilidad evadir el pago de grandes sumas de dinero por concepto de impuestos, consigue rutas expeditas en trámites que a otros les lleva una vida entera y construye una especie de limbo, una esfera de protección que lo coloca por encima de sus iguales. Lo sorprendente de este fenómeno es que quienes logran ingresar a estos círculos privilegiados obtienen de manera automática una especie de certificado de buena ciudadanía y así son vistos por el sistema.

Esa visión deformada de lo que se concibe como vivir en sociedad se transmite de generación en generación con sus derivaciones éticas y morales. De allí vienen la visión racista y el abuso de poder, consideradas una forma de vida aceptable por quienes se benefician de ellas y tolerada por un sistema construido en función de privilegios y la imposición de unos por sobre otros.

A partir de esta realidad, es importante reflexionar sobre los valores inculcados a las nuevas generaciones por ciudadanos cuya visión de las cosas se reduce a sacar partido de las debilidades del Estado. Una muestra del escaso concepto de ciudadanía es la fragilidad de los procesos electorales, en los cuales predomina la propaganda anticipada en abierta trasgresión de las normas establecidas por las autoridades del Tribunal Supremo Electoral, entidad incapaz de poner orden y endurecer sanciones. La parte irónica del asunto es el discurso moralista de quienes violan esos preceptos. La parte patética es que aun así consiguen obtener votos.

El mensaje enviado en medio de desfiles y fanfarria patriotera es que no importan las leyes en tanto se pueda sacar partido de sus debilidades. No existe una postura sólida sobre el apego a las normas de convivencia, no hay una campaña educativa dirigida a la juventud sobre sus derechos y obligaciones, no se percibe en el ámbito político ninguna voluntad de reconstruir el tejido social sobre la base de solidaridad y respeto mutuo.

De ello se colige sin mayor dificultad la absoluta ignorancia de la juventud respecto de su papel como ciudadano, con todo lo que ello implica. Entonces, ¿cuál es el sentido de celebrar una fiesta nacional si los fundamentos valóricos que le dieron origen han desaparecido?

(Publicado el 16/09/2013)

Historias de terror

La amenaza acecha desde la habitación contigua.

Ha sido la técnica estelar del cine de terror desde hace décadas. La víctima, refugiada en la seguridad de su casa sin saber que el enemigo la espera detrás de la siguiente puerta. Sombras, efectos de sonido y actores de primera línea recrean con éxito uno de los ambientes más siniestros posible. Pero la realidad es mucho más cruda que el cine. Y cuando la víctima es una niña indefensa de apenas 4 o 5 años y el victimario, su padre, entonces ningún argumento cinematográfico es capaz de emular el horror y la impotencia.

Durante los últimos meses han desfilado los relatos de niñas violadas de manera reiterada por quienes deberían ser sinónimo de seguridad, confianza y protección. Padres, tíos, hermanos o maestros han sido señalados de crímenes tan sádicos e incomprensibles como la violación sexual en niñas y niños que aun viven sus primeras etapas de desarrollo.

La sociedad no solo ha callado sino ha ido mucho más allá, protegiendo a los agresores y dudando de las denuncias de quienes no tienen ni la edad ni la experiencia para inventar historias tan pavorosas. Siempre me he preguntado cuál ha sido la razón para que la niñez sea relegada y puesta en riesgo por adultos irresponsables cuyo poder de decisión marca para siempre la vida de otro ser humano inocente. Pero no la encuentro. La situación de dependencia de niñas y niños continuará representando un riesgo mientras no se fortalezcan las instituciones del Estado supuestas a protegerlos.

El caso de Gia, la niña quetzalteca aparentemente asesinada por su padre, es uno de esos relatos que parecen sacados de la literatura negra. Sometida a esclavitud sexual desde muy pequeña, Gia parece estar logrando la justicia póstuma gracias a los espeluznantes dibujos de un diario en donde dejó constancia de su tragedia. Las denuncias contra este individuo señalan que también abusaba -de 4 a 5 veces por semana- de sus hijos de 3 y 5 años de edad. Cuando esto sucedía Gia tenía apenas 2 años y era forzada por su padre a participar con su hermano de 5 en escenas pornográficas, so pena de fuertes castigos.

Muchos son los casos que se acumulan en los despachos de Ministerio Público, cada uno más terrible que el anterior. Y aunque parecen extraídos de un prontuario excepcionalmente perverso, la recurrencia indica que es un mal enquistado en todos los niveles de esta sociedad, entre cuyos problemas más extremos no está la inseguridad, sino el silencio.

Es imperativo buscar y encontrar las razones de este pacto siniestro para buscar la salida a una de las patologías sociales más extendidas, como es el abuso sexual contra niñas y niños indefensos, en su propio hogar. En innumerables casos la madre de estos infantes se ha alineado junto al agresor para descalificar las denuncias y también suele suceder que por falta de pruebas contundentes, estos menores regresan a un hogar en donde seguirán siendo objeto de crueles tratos.

A la par y muy relacionado, están el maltrato contra la mujer y el femicidio. Por ello, sorprenderse de la agresividad de quienes nos rodean es absurdo en tanto no se profundice en las raíces psicológicas de los traumas, los cuales parecen ser una herencia transmitida de generación en generación.

(Publicado el 14/09/2013)

Los niños de Siria

Los niños sirios sirven como excusa perfecta para una invasión.

A estas alturas del conflicto, resulta difícil constatar la veracidad de las declaraciones del Departamento de Estado sobre los ataques del gobierno sirio con armas químicas contra la población civil. De hecho, los arrebatos justicieros del país del norte despiertan muchas dudas, dada su bien ganada reputación de actuar acorde a pretextos fabricados para alcanzar objetivos estratégicos bien definidos, tal como sucedió en Irak.

Algo así se observa actualmente con relación al conflicto en Siria. De acuerdo con un reporte de Thierry Mayssan, periodista francés fundador de la red informativa Voltaire y presidente del proyecto Omicar para la defensa de la libertad de expresión, resultan muy reveladores los videos compartidos por Estados Unidos a través de YouTube, en donde aparecen niños víctimas de las fuerzas gubernamentales sirias, aparentemente filmados con anticipación a los hechos denunciados; sumado a esto la numerosa cantidad de infantes entre las víctimas (casi todos de la misma edad), sin familiares que acompañaran sus restos y el hecho aun más extraordinario de que el gas matara a cientos de niños y hombres pero no afectara más que a dos mujeres.

De acuerdo con la investigación de este periodista francés, la difusión masiva de las imágenes satelitales permitió a las familias de los alrededores de Lattaquié reconocer a sus hijos secuestrados dos semanas antes por los rebeldes -un proceso lento y difícil porque casi no quedaron sobrevivientes de la masacre perpetrada por los aliados de Estados Unidos, del Reino Unido y de Francia en las localidades leales al régimen-.

Este reporte también hace énfasis en el hecho de que los gobiernos estadounidense, francés y británico se han puesto de acuerdo en cuanto a expresar su absoluta convicción de que la armada siria ha exterminado con gas a un número indeterminado de civiles. Sin embargo, Meyssan hace énfasis en que las evidencias documentales dejan patente algunos datos interesantes:
1. Estados Unidos y las fuerzas aliadas parecen haber utilizado un tipo de gas sarín que no afecta a las mujeres.
2. Estados Unidos observó durante cuatro días los preparativos de este crimen de lesa humanidad, sin intervenir.
3. La víspera de su utilización, este gas mágico habría matado a niños secuestrados dos semanas antes por las fuerzas Jihadistas a una distancia de 200 kilómetros del punto en donde fueron supuestamente filmados.
4. Los servicios occidentales tienen algún procedimiento secreto para identificar el gas sarín sin necesidad de realizar cultivo de tejido humano.

Sean éstas evidencias o conjeturas, la realidad es que los ataques contra la población civil utilizando armas químicas –similares a las utilizadas por Estados Unidos y sus aliados en otros conflictos- parece un argumento tan verosímil como la historia de las armas de destrucción masiva que escondía Saddam Hussein hasta en el sótano de su casa. Pretexto suficientemente útil en su momento, pero mentira posteriormente aclarada para burla y bochorno de la comunidad internacional.

(Publicado el 09/09/2013)

El reducto femenino

El papel de la mujer en la publicidad se quedó en los años de 1950.

La modelo baila abrazada a un guacal de ropa recién lavada, con el rostro iluminado por una sonrisa de satisfacción que refleja la sensación de éxtasis provocada por la efectividad del nuevo detergente. Claro que le tocó meter las manos al agua, restregar la ropa, manipular su lavadora y luego colgarla de una cuerda. También le corresponderá ¡por supuesto! plancharla, doblarla y colocarla ordenada en los armarios respectivos para que la familia sea tan feliz como ella.

En otras producciones, el mensaje varía y el protagonista es un frasco de desinfectante para pisos, un producto especial para desengrasar cocinas o un nuevo sabor de refresco que hará la delicia de sus niños. El papel continúa manteniendo la ruta infalible de la domesticidad como destino y vocación de todo el género de manera estricta e inamovible. No faltará en este abanico de creatividad la joven señora sorprendida por la efectividad de un nuevo producto que facilita el planchado, el cual le brindará –como por arte de magia- el privilegio de dedicar ese tiempo tedioso de labores domésticas a jugar con sus hijos en el jardín.

La imagen femenina en la publicidad de nuestros países conservadores, retrógrados y sexistas no ha variado un ápice desde aquellos anuncios de la era mesozoica cuando no había para la mujer otro horizonte que casarse, tener muchos hijitos y pretender ser feliz solo con eso. Y sumado a esto, el uso de la imagen femenina en anuncios dirigidos al sector masculino continúa la vieja tendencia de convertirla en una cosa linda, seductora y fácil de manipular.

Cuando la publicidad hace el esfuerzo de trascender esos esquemas anquilosados, utiliza el recurso mucho más efectivo y moderno de la sofisticación y el humor. Pero ahí también se vuelve a caer en los estereotipos de la mujer tonta y superficial que solo piensa en sus zapatos o en el bolso de última moda. Y se regresa una vez más a la utilización banal y deformante de la imagen femenina, tan degradante como aquellos afiches de taller mecánico que usan a las “pin ups girls” como elemento decorativo.

Lo curioso es que a pesar de una fuerte presencia de mujeres talentosas en el medio publicitario, se mantengan las técnicas y los recursos ya desgastados por tanto uso. Esto hace pensar si no serán los anunciantes quienes prefieren lo ya tradicional y trillado, limitando las opciones a aquellas imágenes que siempre les resultaron efectivas. Desde ese punto de vista, también es preciso poner atención en la audiencia, ya que de no haber una receptividad positiva de esos estereotipos tampoco se produciría el efecto de venta deseado.

Las nuevas generaciones de publicistas deben analizar la pertinencia de realizar un cambio de esquemas en el campo de la publicidad dirigida a las mujeres, el cual permita salir del marco en el cual se ha enclaustrado. Los tiempos actuales, tan difíciles y cargados de conflictos, especialmente en lo referente a los derechos de las mujeres, requieren de propuestas creativas y novedosas que reflejen la participación de este segmento de la población en la construcción de un mundo mejor, más equitativo y más justo.

(Publicado el 07/09/2013)

Mundos opuestos

Desde el pequeño trozo de planeta donde vivimos, el mundo parece ajeno.

Cuando la rutina cierra las compuertas y nos condiciona el tiempo y el espacio, tendemos a creer que así es el mundo. Absorbidos por las actividades diarias no percibimos más allá del entorno inmediato y nos acomodamos en ese pequeño cascarón, desde el cual fingimos una sensación de seguridad tan frágil como falsa.

Guatemala y gran parte de nuestro continente ha vivido bajo la influencia de intereses ajenos a su naturaleza. Nos han convencido de necesitar objetos, bienes y servicios de los cuales podríamos prescindir sin dolor, así como nos han inculcado ideologías cuyos principios tienen raigambre en otras culturas, en otras latitudes, ancladas en otros tiempos.

Aunque hemos avanzado de manera notable, nuestras sociedades parecen ir a tropezones hacia un futuro cambiante de cuyas bondades no hay certeza alguna.

Sin duda una consecuencia de esa dicotomía entre necesidades reales y entrenamiento mercadológico, es la falsa idea de haber alcanzado cierto grado de desarrollo a partir del paisaje urbano y capitalino, así como de una vida diseñada bajo la premisa de que el consumo es bienestar. A esto se debe añadir el aderezo de una ilusión de prosperidad impresa en cifras macroeconómicas, en volúmenes de exportación o en los informes sesgados de algunas organizaciones internacionales que ven el panorama desde una óptica estrictamente cuantitativa.

Pero hay otra realidad. Y es aquella de la pobreza extrema, de la violencia bajo cuya amenaza vive todo un segmento de la sociedad carente de medios de protección –es decir, la abrumadora mayoría- y de los grupos humanos vulnerables a las agresiones, tanto por las actuaciones de funcionarios corruptos, como de organizaciones criminales o compañías poderosas que se han apoderado de su entorno. Esta otra perspectiva es la que obliga a pensar en el mito del tal desarrollo y nos vuelve a enfrentar al retroceso en la calidad de vida y en las posibilidades de avance en aquellos aspectos más relevantes para el ser humano, como son la educación y la cultura, la salud y la estabilidad laboral.

Sin embargo, quienes deciden sobre cada acción determinante para el futuro del país parecen creer que el atraso en aspectos fundamentales es culpa de los pobres. Incluso lo afirman sin ambages. De ahí que en estos reductos de poder se consideren tan indeseables las organizaciones comunitarias, los sindicatos, la prensa, las cooperativas y los grupos de vecinos en defensa de su territorio. De hecho, se los combate con una fuerza desproporcionada que demuestra de manera palpable la falsedad de los conceptos de democracia y desarrollo.

Solo es cuestión de salir de la burbuja capitalina con sus ostentosos centros comerciales, sus enormes edificios de lujo medio vacíos y su pequeña burguesía ciega y sorda al caos que la rodea, para ver que un poco más allá del kilómetro 20 en cualquier dirección, el mundo es otro. Allí está la verdadera muestra de que los preceptos económicos procedentes del mundo desarrollado y mal aplicados por gobiernos corruptos -con la venia de los sectores más poderosos- han dado como resultado una miseria poco menos que irremediable y que, para salir de ella, es absolutamente indispensable revisar conceptos.

(Publicado el 02/09/2013)

Mercado negro

Una siniestra línea comercial: órganos infantiles.

¿Cuánto valen los ojos de un niño? ¿Cuánto la virginidad de una adolescente? La manera como se ha expandido por toda Centroamérica la actividad de la trata de personas es uno de los más grandes desafíos que enfrentan los gobiernos de la región. El tema, que permaneció oculto durante muchos años bajo la superficie de otros tráficos, como el de narcóticos, por fin comienza a debatirse y enfrentarse de manera más abierta.

Las redes de trata son algunas de las organizaciones más siniestras en el mundo del crimen. Trafican con seres humanos de todas edades, sexo y condiciones. Desde recién nacidos para adopciones ilegales, hasta hombres y mujeres adultos para esclavitud sexual o laboral, pasando por la amplia gama de niños, niñas y adolescentes en una serie de vertientes a cuál más perversa: sus órganos sanos para la venta, prostitución, pedofilia o producción de material pornográfico en condiciones de cautiverio.

El combate a estas redes no es cosa de conformar un grupo de tarea para realizar operativos de menor escala. Se requiere de políticas públicas que enmarquen todo un conjunto de medidas de gran impacto, involucrando a todo el aparato estatal en sus diferentes instancias. En este comercio inhumano no se puede actuar con medias tintas. Las redes jamás podrían haber alcanzado los niveles de impunidad y facilidad operativa de los cuales hacen gala, de no contar con la protección y la complicidad de algunos elementos bien colocados en círculos institucionales.

En esta lucha desigual, la sociedad tiene mucho qué aportar. La organización ciudadana en los barrios, en aldeas y caseríos, podría por lo menos crear barreras de protección para los grupos más vulnerables, como son los niños, niñas y adolescentes. Las desapariciones de estos menores se producen a diario sin que las instituciones encargadas de investigar -como el Ministerio Público o la Procuraduría General de la Nación- puedan dar respuesta inmediata a estos casos, ya sea por falta de denuncia o por deficiencias en su capacidad operativa.

No parece posible que una sociedad acepte con resignación una amenaza tan directa contra los miembros más jóvenes de su comunidad. Pero la reiteración de la noticia va creando un bloqueo inconsciente y estos sucesos –los cuales se producen con una frecuencia aterradora- se transforman en una desgracia ajena, vista a la distancia como algo terrible que probablemente nunca nos va a tocar.

Las autoridades tienen que comprender que el crimen no es tolerable. Pero en esa amplia gama de actos de agresión y las violaciones contínuas a la ley, perpetradas por estos grupos criminales, los peores son los cometidos contra la niñez y la adolescencia. La responsabilidad y el compromiso son palabras muy grandes para representar la realidad actual. En las declaraciones oficiales se puede reflejar el propósito de acabar con estas redes, las cuales sin duda están identificadas gracias a los sistemas de inteligencia con los cuales cuenta el Estado, pero las acciones parecen no calzar con la proporción descomunal del poder de acción demostrado una y otra vez por estos seres depravados.

(Publicado el 31/08/2013)

Falsos cristianos

Mentir amparándose en íconos sagrados, es un acto deleznable.

La manipulación de la fe, el aprovechamiento de íconos sagrados para aparentar integridad moral y una espiritualidad no demostradas en otros actos de la vida, constituye una ofensa grave, pero sobre todo una demostración del poco o ningún respeto que inspiran, a los líderes políticos y empresariales, las doctrinas religiosas y también quienes creen en ellas.

No es necesario ser un fervoroso creyente para darse cuenta de que esa mixtura entre política, negocios y espiritualidad no se ve bien. Suena a falsedad por sus cuatro costados y si, además, se escarba en el historial de los protagonistas, resulta obvio que ahí no hay atisbo de autenticidad.

Orar por la paz, la seguridad y la prosperidad de Guatemala no tiene nada de malo. Pero que lo hagan públicamente quienes con sus decisiones han llevado al país a una situación de insostenibilidad en esos precisos temas, es francamente contradictorio. Las oraciones, en este caso, serían más pertinentes si provinieran de quienes se han visto afectados por las acciones de sus líderes, como por ejemplo quienes reciben por su trabajo menos del salario mínimo en las empresas y fincas de los pomposos personajes de la foto y sin que el Estado los proteja.

Se justificaría más si apelaran a la divinidad todas aquellas mujeres que hoy o mañana van a morir de parto y enfermedades prevenibles, si lo hicieran las niñas víctimas de la redes de trata, las cuales son amparadas por la corrupción en todos los niveles de la administración pública. Y, por supuesto, la niñez desnutrida desde antes de nacer.

El cristianismo es una doctrina cuyos fundamentos se afincan en las mejores cualidades humanas. Otra cosa son las iglesias como instituciones -cuyos intereses muchas veces van en dirección opuesta a la esencia de su credo- pero el mensaje original demanda respeto por el prójimo, honradez absoluta, generosidad, comprensión.

Es de preguntarse, entonces, si quienes acudieron a la convocatoria viven bajo estas premisas de manera puntual y comprobable. Si pagan puntualmente sus impuestos sin derivar sus ganancias hacia cuentas en paraísos fiscales. Si cumplen en sus empresas con lo especificado en las leyes, si las acatan en cada momento de su vida pública y privada haciendo lo correcto de acuerdo con los mandatos de la fe que dicen profesar.

Si ante una oportunidad de negocio se atienen a la ética y rechazan el soborno y la manipulación. Si son fieles y respetuosos hacia la persona con quien comparten su vida. Si realmente pueden invocar el nombre de Jesucristo sin que se les crispe la conciencia.

La ciudadanía ha soportado y continúa soportando una presión cada vez más intensa. Su seguridad y la de su familia están en riesgo constante, así como su estabilidad laboral. Todo esto derivado de malas administraciones, de personas cuyas ambiciones han sobrepasado todo lo imaginable, aunado su actuar a la ineficacia de sus políticas y a una constante variación en el rumbo de su gestión. En esta nueva y desafortunada variación de la estrategia de imagen, el parangón con los mercaderes del templo resulta inevitable.

(Publicado el 26/08/2013)

Señorío antigüeño

La Antigua es el reflejo palpable de las debilidades institucionales.

Quien conoció La Antigua Guatemala de hace 30 o más años no la reconocería hoy. De esa ciudad colonial tranquila, de lento palpitar y medio adormecida por el aroma de los floripondios ya no queda más que el recuerdo. Hoy, sus habitantes viven bajo la presión de una creciente invasión de bares y discotecas, para diversión de una nutrida población juvenil capitalina que por alguna misteriosa razón ha preferido trasladar sus parrandas a la ciudad de las rosas.

Hace algunos días circuló el vídeo captado por un vecino de La Antigua, en donde se puede escuchar el estruendo de la música y las montañas de basura que arrojan a la calle desde algunos de estos establecimientos. Cualquier persona puede observar, después de un fin de semana de fiestas y relajos, los “recuerdos” que han dejado los visitantes ocasionales: latas, botellas rotas, papeles, envoltorios de comida, orines y excrementos en plena vía pública.

La Unesco declaró a La Antigua Guatemala Patrimonio Cultural de la Humanidad, en 1979. Un título tan honroso ineludiblemente traía consigo una serie de compromisos y obligaciones. Una de ellas –y no la menos importante- es la preservación de la arquitectura y el auténtico ambiente colonial de esa pequeña urbe. Para garantizar esa condición existe un Consejo Nacional de Protección de La Antigua Guatemala, cuya misión es el “cuidado, protección, restauración y conservación de los bienes muebles e inmuebles, nacionales, municipales o de particulares situados en La Antigua Guatemala y sus áreas circundantes”.

El panorama actual de La Antigua, sin embargo, no parece corresponder a esta declaración de principios institucionales. Edificaciones que rompen la armonía del entorno, basura, escasa iluminación y el libertinaje en el uso de ciertos inmuebles de gran valor histórico hablan de un deterioro acelerado de este patrimonio de la Humanidad, cuya preservación no parece preocupar mucho a las autoridades.

La Antigua Guatemala podría ser una joya. Y aun en su estado actual, sigue atrayendo a miles de turistas cada año, visitantes que ven en ella ese poderoso potencial todavía latente. Sus fachadas, su empedrado y los resabios aun perceptibles de ese señorío tan característico de su época, sugieren la posibilidad de revertir el daño ocasionado por una cadena de malos administradores carentes de visión y faltos de autoridad.

En las condiciones actuales, caminar por esa ciudad ya no es la experiencia grata que alguna vez ofreció a sus habitantes y a sus huéspedes. El tráfico excesivo, con su cauda de contaminación atmosférica, el ruido estridente y el escaso cuidado en la conservación de sus banquetas –lo cual dificulta en grado sumo ese acto básico y cotidiano de caminar por ellas- comienzan a pesar de manera determinante en la pérdida de su encanto legendario.

La Antigua es uno de los atractivos turísticos más emblemáticos de Guatemala. Resguardar esa riqueza con su interesante ingreso de divisas debería ser una prioridad, ya que también es un compromiso de alcance mundial. Por ello, quienes poseen el poder y la autoridad para devolverle el brillo perdido no tienen excusa para no hacerlo.

(Publicado el 24/08/2013)

Compromisos y promesas

Los compromisos de Estado son independientes de la ideología de gobierno.

El Consenso de Montevideo, aprobado por representantes de 38 países miembros de la CEPAL durante la Primera Reunión de la Conferencia Regional sobre Población y Desarrollo de América Latina y el Caribe, coloca nuevamente sobre la mesa algunos temas torales para nuestros países, como los derechos sexuales y reproductivos, el embarazo en adolescentes, la atención a la niñez, el acceso de la juventud a oportunidades educativas y laborales, la equidad de género y la implementación de políticas públicas tendientes a reducir las enormes desigualdades prevalecientes en cuanto al nivel de vida y el acceso a la riqueza.

Esta ha sido una reunión regional cuyo peso específico –a nivel de consensos, resoluciones y acuerdos- dependerá de la voluntad política de los actores principales: los gobernantes y sus huestes políticas y económicas, quienes detentan el control sobre los mecanismos burocráticos indispensables para realizar los cambios que los países necesitan para salir del subdesarrollo.

Una revisión a las promesas de campañas electorales en todos los países involucrados, daría como resultado una especie de pre-consenso de Montevideo. Todos o casi todos los actuales gobernantes han ofrecido mucho de lo que hoy se presenta como plan estratégico para después del 2014. Es decir, estos mandatarios y sus ministros deberían explicar por qué razón todavía los objetivos fundamentales presentados durante sus respectivas campañas se mantienen en el capítulo de los asuntos pendientes y cuáles son las excusas frente a la cada vez más deteriorada calidad de vida de la población.

Los compromisos de Estado trascienden el marco ideológico de los gobiernos y se erigen como una obligación de estricto cumplimiento, no importando la tendencia de la administración bajo la cual se deban honrar. Desde el momento que las asambleas legislativas de las naciones democráticas ratifican acuerdos, tratados y convenciones, éstos salen del ámbito de lo negociable para entrar en la fase de la obligatoriedad y son ineludibles.

Este protocolo de carácter universal existe precisamente para fortalecer la institucionalidad y proteger las conquistas de los pueblos en el ámbito de los derechos humanos en todas sus vertientes. Por esa razón, consensos como el de Montevideo constituyen un importante avance en la perspectiva de desarrollo humano de los países de la región, al ocuparse puntualmente de temas como la reducción de la brecha en el acceso universal a servicios de salud sexual y reproductiva, equidad de género, protección de los derechos de los migrantes, de las personas de la tercera edad, de las poblaciones indígenas y afro descendientes, o el embarazo en niñas y adolescentes.

Este foro regional debe asumirse como una voz de alerta y un nuevo recordatorio de la agenda prioritaria para aquellas naciones rezagadas en la ruta del desarrollo humano, entre las cuales Guatemala tiene uno de los puntajes más bajos y una de las perspectivas menos prometedoras. Los compromisos asumidos durante este evento tienen suficiente sustancia como para conformar la base de un buen plan de gobierno.

(Publicado el 19/08/2013)

Vivir con el enemigo

Si los comunicadores no comunican, la democracia queda muda.

Una de las más graves amenazas para la democracia son los atentados contra la libertad de expresión. Signo inequívoco de la corrupción del sistema, la intimidación y los actos de violencia contra periodistas y otros comunicadores revelan las intenciones nada nobles de algunos sectores cuyo objetivo es mantener a la población en la ignorancia, y a la disidencia en el silencio.

Los medios de comunicación con vocación de independencia editorial son las primeras víctimas de los intentos de sabotaje, por erigirse como abanderados en la denuncia y la protesta. Aun cuando existen leyes creadas para garantizar la libertad en la emisión del pensamiento, cualquier fisura en el estado de Derecho constituye un peligro de colapso de éste y otros derechos cívicos a manos de grupos interesados en echar una red de contención a la prensa.

En Guatemala esto no es novedad, durante su historia -antigua y reciente- muchos han sido los intentos de acallar a la prensa y también muchas las batallas ganadas por este sector. Sin embargo, en los últimos meses han arreciado los intentos de intimidación, al punto de hacerse obvios para una sociedad que usualmente se mantiene ajena a este tipo de conflictos. Lo más preocupante es la impunidad que ha rodeado a los ataques, la cual denota el enorme poder que los ampara.

Si en este conflicto han salido a relucir nombres conocidos en el ambiente político y social, tampoco se puede pasar por alto que uno de los aspectos más críticos de esta guerra contra la prensa nacional es la vulnerabilidad de los periodistas y corresponsales que trabajan en el interior de la República. Estos colegas desempeñan una labor fundamental en el ejercicio de la profesión sin más escudo que su carnet de prensa y encomendándose a todos los santos para no sufrir represalias por sus investigaciones, muchas veces relacionadas con el crimen organizado o temas ambientales que ponen el dedo sobre empresas poderosas.

“Viviendo con el enemigo” sería el título de la saga, si ésta fuera una novela de ficción. Pero la situación es real y también lo son las amenazas para acallarlos, lo cual hace temer que el periodismo de provincia se encuentra en proceso de extinción. Enfrentados a una situación de extremo peligro y con el desafío adicional de proteger a su familia y mantenerse vivos, estos profesionales no podrán cumplir su tarea a menos que las autoridades asuman la responsabilidad de hacer valer las leyes que protegen el ejercicio periodístico y recuperen la institucionalidad en todo el territorio nacional.

Lo experimentado por los comunicadores es una situación que podría calificarse como un secuestro de los derechos y libertades ciudadanas. Si la prensa no puede funcionar, tampoco lo harán las instituciones fundamentales del Estado y eso se verá replicado en todas y cada una de las instancias que lo conforman. Este escenario tan precario para el goce de derechos de la ciudadanía implica un desgaste innecesario para el gobierno, el cual debería ser el primer interesado en recuperar el espacio perdido y alinear su actuar con las garantías constitucionales que juró defender.

(Publicado el 17/08/2013)