lunes, 15 de julio de 2013

La humanidad ausente

Es un mecanismo de auto protección que bloquea las emociones.

El sábado se publicó la noticia sobre el asesinato de una joven mujer. Recibió varios impactos de bala en la cabeza, decía la escueta nota. Un femicidio. Uno de esos crímenes a los cuales ya nos hemos acostumbrado. La nota que circuló por las redes, sin embargo, se enfocó en el perro que salió a defenderla de los sicarios. Herido en una pata, fue el protagonista de la jornada y la mujer muerta quedó en el olvido.

Nada tengo contra los perros, todo lo contrario. Por lo general los estimo más que a muchas personas, por nobles, generosos y solidarios. El tema es la indiferencia ante un estado de violencia criminal que nos alcanza a todos por igual y al que intentamos evitar con todas nuestras fuerzas. No queremos saber, no queremos ver ni oír. No queremos vivir la realidad.

Esa especie de autismo inducido nos ha llevado a contabilizar los hechos de violencia en términos abstractos. De ese modo, no solo le restamos fuerza al impacto, también lo hacemos tolerable y lejano. Las mujeres y hombres asesinados, las niñas violadas, las víctimas de trata y aquellas niñas y niños que vemos a diario en las noticias, agonizantes por la desnutrición –eso también es crimen- se transforman en estadística y pasan por nuestra cotidianidad dejando apenas un soplo de drama, pero ningún remordimiento.

No es que seamos culpables, pero cuando la tolerancia rebasa los límites de lo posible, cuando preferimos callar a protestar y nos encerramos tras alambres espigados que tampoco nos protegen, entonces creamos un ambiente propicio para el abuso y el crimen, para la corrupción y la mentira, para que quienes lo deseen hagan de nuestra vida y nuestro territorio una tierra de nadie.

Es importante conocer la vida detrás de esas muertes. Averiguar si esa mujer tirada en la calle con el cerebro reventado a tiros tenía hijos. Si su madre dependía de ella o si sus compañeros de trabajo le tenían afecto. Empecemos por conocer su nombre. Por identificarla como a un ser humano que paseó por las calles creyéndose segura. No perpetremos en ella otra agresión negándole la existencia porque entonces nos volveremos cómplices de su total desaparición.

El femicidio no es una exageración. Los asesinatos de pilotos y las extorsiones contra pequeños comerciantes -quienes acaban muertos por no pagar lo que no tienen- tampoco lo son. Tengamos la decencia de por lo menos reconocer su calidad de vecinos, de seres humanos con derecho y obligaciones, con un nombre propio y una vida real.

Es importante aterrizar desde la nube virtual en la cual hemos construido un falso refugio para tomar conciencia de la dimensión del deterioro social. Quizás así veremos desde otra perspectiva hasta qué punto hemos contribuido con nuestro silencio a esa decadencia moral. Las muertes por violencia, los asaltos, las violaciones y sus terribles consecuencias no son algo que tenía que suceder, es algo posible de erradicar si por lo menos existe una expresión de rechazo y la ciudadanía hace patente su condena.

La mujer se llamaba Ruth Noemí García Ico y tenía 20 años. Que en paz descanse.
(Publicado el 15/07/2013)

Nicanor Parra


Hay dos panes. 

Usted se come dos. 

Yo ninguno. 

Consumo promedio: 

un pan por persona

domingo, 14 de julio de 2013

Las máscaras


Tengo sobre mi escritorio unas bellas máscaras africanas que traje de un viaje a Sudáfrica y a Zambia. También cuelgan sobre la pared una que me trajo Caro de Cuba y otra, muy guatemalteca, que compré yo misma en el mercado central. Cuando me siento a escribir no puedo evitar mirarlas, pero a veces ni siquiera mirándolas las veo. No pienso en ellas porque son como un objeto de adorno que perdió su identidad en el momento de adquirirlo. Sin embargo, hoy me impusieron su presencia al pensar en los temas sobre los cuales escribo religiosamente cada semana. Mis artículos sobre el hambre, la injusticia, el abuso, la corrupción y la violencia se parecen a estas máscaras un poco en eso de hacer de adorno cuando fueron hechos para conjurar otros demonios. Y estas máscaras me vienen a recordar la presencia de todos esto y la inutilidad de gastar mis energías en el intento de denunciarlos en un país pequeñito, hacia un grupo de persoas que no conozco, en medio de un continente en constante cambio, con todas las amenazas que socavan sus estructuras y que no tenemos la menor oportunidad de vencer. Esto me lo recuerdan esas máscaras porque en Africa las cosas no son mejores que aquí. De hecho, son peores las injusticias, los asesinatos masivos, el hambre que extermina con insidia a la población civil y con más saña aún a niñas, niños y mujeres que no tienen otro lugar -ni otro continente- a donde refugiarse.

Las palabras



"Aún no sabía leer, pero ya era lo bastante snob para exigir tener mis libros. Mi abuelo se fue a ver al picaro de su editor e hizo que le diesen Les Contes del poeta Maurice Bouchor, relatos sacados del folklore y adaptados al gusto de los niños por un hombre que, según decía él, había conservado los ojos de la infancia. Yo quise empezar en seguida las ceremonias de apropiación.

Cogí los dos pequeños volúmenes, los olí, los palpé, los abrí cuidadosamente por «la página buena» haciendo que crujiesen. Era en vano: no tenía el sentimiento de poseerlos. Sin lograr mayor éxito, intenté tratarlos como muñecas, los mecí, los besé, les pegué. A punto de echarme a llorar, acabé poniéndoselos en las rodillas a mi madre. Ella levantó la vista de su labor. «¿Qué quieres que te lea, queridín? ¿Las Hadas?»" Jean Paul Sartre, Les Mots.

La vieja Royal


Sé que no es fácil de creer, pero cuando el director de El Gráfico me invitó a escribir mi columna allá por 1992, decidí comenzar desde atrás. Desde esta preciosa Royal antigua que acumulaba polvo en mi estudio. La idea era, quizás, recrear sensaciones vividas hacía mucho, cuando entraba a escondidas a la oficina de mi padre -director impenitente de diarios y noticiarios radiales- a teclear cualquier cosa en su vieja máquina.
Según me aseguró el anterior propietario de esta preciosidad, le había pertenecido a Lorenzo Montúfar. Era su portátil (viene con estuche). De creerlo o no, la verdad es que no importa de quien haya sido, lo lindo del artilugio es que fue usado más de una vez y tiene esa larga experiencia marcada en sus teclas.
La cinta aun pinta y en su mecanismo no hay falla. Algún día escribiré en ella una carta especial, por ahora no es más que un adorno con una historia que me cautiva.

La vida es así

Algunos prefieren ver las cosas como a través de un tubo. Sin contexto.

Si la culpa de su desgracia la tienen los pobres y ellos son mayoría, ¿en dónde queda la responsabilidad del resto de la sociedad? Se supone que un conglomerado social es un conjunto de seres humanos compartiendo un territorio con sus riquezas y también sus desventajas. Se supone, además, que para compartir ese pedazo de tierra se han puesto de acuerdo en determinadas normas de conducta y han establecido los sistemas que les permitan convivir en armonía y dentro de un juego de valores. Eso, se supone.

Pero hay quienes creen sinceramente que los pobres viven en la miseria porque así lo escogieron. Porque son unos vagos sin iniciativa y sus mujeres son unas promiscuas irredentas incapaces de controlar su instinto reproductivo. Esta línea de pensamiento no es una exageración; de hecho, brota a cada paso en variados comentarios sobre la realidad nacional y la pobreza en corrillos formales e informales.

Algo similar sucede ante el espectáculo de una juventud desquiciada, volcada a la criminalidad extrema desde temprana edad y sin más perspectiva que ir a parar a los centros carcelarios. Es culpa de esos niños y jóvenes -opinan algunos- el estilo de vida que han elegido para desgracia de toda la sociedad. Al mismo tiempo y sin mayor reflexión sobre su incidencia en el fenómeno, se pretende cerrar los ojos ante la mala calidad de la educación, la falta de seguridad alimentaria durante los primeros años de vida, la degradación del ambiente que les rodea desde la más temprana infancia, la desaparición progresiva de los centros educativos gratuitos y especializados en la enseñanza de técnicas y oficios, la falta de oportunidades de empleo y la violencia en el seno de sus hogares.

La sociedad no es más que el reflejo de cada uno de sus miembros, se quiera o no. Por lo cual, existe una responsabilidad compartida en el estado de cosas que parecen relevantes desde la perspectiva del desarrollo, pero también en las que colocan a un país a la zaga de sus vecinos. En el continente latinoamericano existe por fin una coincidencia democrática firme y bien establecida, después de haber atravesado por una racha de regímenes dictatoriales que lo desgastó política y socialmente. Entonces no hay muchas excusas para no saber cuales son los motivos por los que existen los grandes abismos de miseria. Cualquiera tiene acceso a la historia y abundan los estudios sobre el tema.

La situación de la mujer con su cauda de inequidad, racismo, exclusión y violencia en su contra, es también una consecuencia de ese devenir histórico que nos ha marcado a todos. Por eso resulta patética la simplificación de las causas de su marginación y de su situación precaria. Afirmar que una madre de 5 hijos que vive en la más absoluta pobreza es culpable de sus desventuras, es el colmo de la ignorancia, por no calificarlo de maldad. Para ver la realidad en toda su enorme complejidad hay que sacudirse los prejuicios y estereotipos que contaminan la visión y tener la mínima sensibilidad de ponerse por un minuto en el lugar de quienes nada tienen. Al fin y al cabo, ellos son –lo queramos o no- nuestros compañeros de viaje.
(Publicado el 29/04/2013)

Dieta de pobres

La alimentación durante los primeros años de la infancia define el futuro.

Pan duro remojado en agua y rociado con azúcar. Esa fue la cena de Dorotea y sus cinco hijos y, aunque el hambre arreciaba, todos se fueron a dormir con cierto alivio en el estómago. Muchas son las Doroteas obligadas a hacer milagros para engañar a la tripa vacía y cuando surge una oportunidad de conseguir algo más sustancioso que esas calorías sin contenido nutricional, la aprovechan sin siquiera dudarlo. Por eso, quizás, esperan con cierta ilusión las campañas electorales y los programas asistencialistas promovidos por los distintos gobiernos.

Esas niñas y niños bajo la tutela de unos padres sin recursos y, peor aun, si solo dependen de su madre, están destinados a una vida sin oportunidades. Con muy escasas excepciones, quienes hayan tenido una niñez carente de la nutrición adecuada y los elementos indispensables para el desarrollo cerebral y físico, difícilmente se convertirán en personas activas e intelectualmente aptas en su vida adulta.

Cuando se extrapolan las cifras conocidas de hambre y desnutrición crónica a los pronósticos de crecimiento económico y desarrollo social, el resultado nos regresa a una realidad precaria y llena de obstáculos, condicionada por las bases endebles de una fuerza de trabajo insuficiente para atender con cierto éxito los desafíos de la tecnología y las nuevas condiciones de los mercados.

La dieta pobre de esa gran cantidad de niñas y niños nacidos en un ambiente tan desfavorable los coloca en una enorme desventaja frente a las inclemencias del clima, la falta de sistemas sanitarios y las condiciones precarias de subsistencia, por lo cual son víctimas propicias para toda clase de enfermedades. Dorotea, la madre de los cinco menores alimentados a pan y agua, a pesar de trabajar desde la madrugada lavando ropa y cuidando a niños ajenos, tampoco tiene cómo comprar medicinas.

No los vemos, pero estamos constantemente rodeados de personas tan necesitadas como Dorotea. Lo que sucede es que jamás preguntamos cómo les va, si les alcanza el salario, si tienen deudas o si comieron un bocado la noche anterior. Es una especie de protocolo –dicen que preguntar es de mala educación- pero en realidad es la mejor manera de no saber para evitar involucrarse emocionalmente en una situación que no sabemos cómo enfrentar.

La perspectiva distorsionada que nos hace segmentar a la población en grandes bloques: los ricos, los asalariados y los pobres de pobreza absoluta, nos ha ido transformando por dentro hasta aceptar esa estructura como el orden natural de las cosas, sin cuestionar los motivos de las inequidades profundas que nos rodean. Pero los hijos de Dorotea no tienen por qué pasar hambre ni es justo que deban faltar a la escuela por enfermedades fácilmente prevenibles con un poco de esfuerzo: mejores condiciones sanitarias, mejor alimentación.

En el campo de la nutrición, la constancia es fundamental. Los esfuerzos esporádicos y las iniciativas interrumpidas terminan siendo meros paliativos para una carencia estructural cuyas raíces están profundamente hincadas en una historia de desigualdad e injusticia. Por ahí hay que comenzar.
(Publicado el 27/04/2013)

Amor al prójimo

El viento arrastra a las nubes, pero ellas ocultarán al sol en donde vayan.

El escenario de lucha en la sociedad moderna nada tiene que ver con los viejos conflictos que se dirimían a punta de bayoneta. Hoy los recursos de comunicación han planteado un escenario complejo y diverso que exige nuevas estrategias y propone distintas metodologías para enfrentar y resolver las diferencias. Sin embargo, algunas de las antiguas tácticas de guerra permanecen incólumes, tales como la descalificación moral o el ataque directo a la integridad física de un enemigo a quien se teme.

La ambición por el poder, en contraposición con los increíbles avances en la tecnología de la información, no ha cambiado ni un ápice a lo largo de los siglos. Todo lo contrario, se potencia a sí misma de manera exponencial hasta llegar a niveles nunca antes vistos, con capacidad de influir en decisiones de Estado a partir de intereses particulares, como se observa en algunos conflictos bélicos basados en privilegios de industrias estratégicas como el petróleo, la minería o la agro industria.

Esa influencia, expresada en el campo político, fortalece ese maridaje ideal capaz de transformar a las sociedades en instrumento de consumo y acumulación de bienes materiales para unos pocos, en desmedro de grandes masas pauperizadas cuyo peso muerto es un freno determinante para el desarrollo de los países que funcionan bajo esa norma.

En el segmento de planeta que toca a América Latina –occidental y sur- esto se ha experimentado de manera palpable. Fue en este inmenso territorio en donde se concentraron todas las ideologías y se han ensayado todos los sistemas orientados a convertirla en un proveedor de mano de obra barata y materia prima para los países desarrollados. Este continente de inmensas riquezas naturales, culturales y étnicas, fue primero el patio de ejercicios de los dos mayores contrincantes políticos del siglo pasado y, por consiguiente, el mayor reducto de la guerra fría liderada por la nación más rica y poderosa del mundo bajo la bandera de la democracia y la libertad. El resultado, profundas divisiones y una creciente polarización social.

El amor al prójimo, uno de los valores fundamentales de todas las doctrinas religiosas y del verdadero humanismo, ha sido la primera víctima de esa deconstrucción del concepto de democracia. Este pilar de armonía e igualdad de los pueblos que han conquistado la paz en base al respeto por los derechos humanos es hoy un lujo raro, transformado en herramienta de relaciones públicas y recurso de imagen corporativa o política que no concuerda con su verdadera esencia valórica.

El respeto por la vida humana ha perdido, por ende, la supremacía como derecho indiscutible de toda persona para pasar a ser un elemento más en el juego de poderes, en el campo de batalla e incluso en el debate jurídico. Lo que ha quedado de los grandes movimientos de reinvindicación de la auténtica independencia de nuestros países es un rescoldo de odios que ha opacado por completo el verdadero sentido de solidaridad, los mismos que alguna vez propiciaron los grandes avances en educación, salud y desarrollo de políticas orientadas a eliminar las inequidades que nos encadenan al subdesarrollo.
(Publicado el 22/04/2013)

El sueño de la paz

La paz no es la antítesis de la guerra. La paz lo abarca todo.

El ejemplo de algunos líderes mundiales como Nelson Mandela, Martin Luther King o Mahatma Gandhi nos dejó grandes enseñanzas. Una de ellas es que la búsqueda de la paz no siempre está exenta de violencia. Perseguidos y encarcelados por pregonar ideas contrarias al sistema establecido, su fuerza moral los sostuvo durante años de persecuciones y campañas de desprestigio por parte de los círculos de poder. Dos de ellos –Gandhi y Luther King- fueron asesinados en un inútil y tardío afán de callarlos.

De esa capacidad de resistencia, de esa solidez intelectual y humana surgió el mensaje de estos pensadores, cuya esencia transformó de manera radical la manera de ver al mundo y dejó para la posteridad el mensaje de que el respeto de los derechos humanos de las grandes mayorías es el único camino posible hacia la paz y el desarrollo.

La resistencia pacífica fue, coincidentemente, una de las estrategias utilizadas por estos tres personajes de la historia del siglo veinte. De ella emanó la certeza de que sin perseverancia, sin una conciencia clara del porqué de la lucha y sin la convicción de cuál es el camino correcto para transformar las condiciones de vida, no hay esperanza de cambio. Pero además, constituyó todo un ejemplo para las generaciones del futuro respecto de la importancia de buscar la paz a través de la verdad como única manera de lograr la reconciliación.

En ese camino hacia el entendimiento, todos los senderos pasan por la justicia. Por ello un sistema diseñado para favorecer a unos pocos en desmedro del resto de la población, se interpondrá de manera inevitable en la búsqueda de la paz.

Para restablecer el imperio de la justicia, el conocimiento es básico. La búsqueda de la verdad en países agobiados por la violencia pasada y presente, con una historia de conflicto bélico y un gran porcentaje de sus habitantes viviendo bajo la línea de la pobreza, implica un proceso de catarsis, revelación y recuperación de la identidad alterada por décadas de silencio y represión. La reconciliación y el perdón, por lo tanto, constituyen ingredientes básicos en esta fórmula cuyo objetivo es la reconstrucción del tejido social para conformar una sociedad más justa e igualitaria.

La consecución de estos objetivos chocará frontalmente con la resistencia feroz de quienes sostienen en sus manos las riendas del poder político y económico, al considerar como una amenaza, la participación de la población en procesos de cambio incluyentes, capaces de abrir las estructuras de poder para garantizar una auténtica democracia. El riesgo de esa democratización de las instituciones que conforman la base del sistema, los lleva a cerrar filas en contra de cualquier intento de cambio y, de paso, a crear mecanismos destinados a deslegitimar esos esfuerzos.

La paz, como nos enseñaron esos grandes líderes, representa la culminación de procesos radicales y profundos de transformación social. Significa la plena aceptación de los derechos de los otros, la reivindicación de su sitio en la sociedad, el respeto a las diferencias y el combate a la injusticia. No hay otro modo de alcanzarla, los acuerdos y tratados son letra muerta si no hay acciones hacia esa meta.
(Publicado el 20/04/2013)

Violar es la consigna

La empatía no funciona con las víctimas. Nadie quiere sentir tanto dolor.

Es difícil imaginar qué ideología perversa, qué estrategia de dominación podría convertir a esos soldados reclutados a la fuerza de sus comunidades campesinas en unos engendros demoníacos sedientos de sangre inocente. Porque el relato de las violaciones –esas historias indescriptibles de saña y dominación- no deja espacio a interpretaciones políticas ni a la manipulación de la duda. Allí están las víctimas de estos actos de salvajismo extremo.

Me resulta casi imposible dejar de lado el hecho de que los perpetradores, muchachos jóvenes adiestrados en el siniestro arte de matar y torturar tenían madres, hermanas, novias o esposas semejantes a sus víctimas. Cuando abrían los vientres de tajo para extraer a un feto palpitante, era quizás la imagen de su propio hijo a punto de nacer. Y cuando hacían cola para violar a una niña de 5 o 7 años, una pequeña frágil y paralizada de terror, era la imagen de su propia hermana.

Las violaciones sexuales en tiempos de guerra son un arma poderosa. No solo destruyen a la víctima directa, también arrasan con la integridad de toda su comunidad. Y eso lo conocen bien quienes se encontraban en la línea de mando, ascendente hasta la mismísima jefatura de Estado. Estos no eran excesos circunstanciales sino toda una estrategia de acción para tocar la base misma de la población de las regiones que constituían el núcleo de operaciones contrainsurgentes.

La Escuela de las Américas, no hay que olvidarlo, fue y sigue siendo el centro de adiestramiento en éstas y otras tácticas de guerra sucia. No importa qué digan los tratados y convenciones internacionales sobre el tema. La guerra sucia corrió paralela a cualquier demanda internacional sobre respeto a los derechos humanos, hasta que estos tratados y convenciones les dieron alcance con juicios emblemáticos que han llevado ante la justicia a dictadores como Videla, Pinochet y a muchos de sus secuaces.

Hoy las víctimas de estos horrores cuentan su historia, pero no tienen el beneficio de la empatía de toda la ciudadanía. Nadie quiere ponerse en su lugar, nadie quiere escuchar esas experiencias de una crueldad inaudita, nadie quiere saber cómo es que sacaban a los fetos de los vientres para estrellarlos contra las piedras. Tampoco cómo fue que murieron esas pequeñas niñas malnutridas a manos de la soldadesca despiadada que las violaba en cadena. Nadie quiere imaginar a sus propias hijas padeciendo la tortura y la muerte.

Pero es preciso hacerlo por el bien de Guatemala. No hay razón alguna para dejar impune tanta iniquidad y mucho menos para beneficiar a sus promotores con la anulación de un juicio que, por justo y pertinente, ya es histórico. Hay que hacer el esfuerzo y volver a oir esos testimonios porque nada –y mucho menos la supuesta amenaza comunista- podía justificar tanta sangre inocente y tal nivel de barbarie.

No hay que olvidar ni hacerse a un lado para no saber, porque eso convierte a todo un país en cómplice de sus victimarios y constituye una renuncia voluntaria a la restauración plena de su integridad. Guatemala clama por seguridad y justicia, ya es tiempo de responderle.
(Publicado el 15/04/2013)

La semilla quemada

Quisieron exterminarlos y no pudieron. Hoy los ixiles cuentan la historia.

Nunca antes hubo un juicio tan trascendental en Guatemala y por eso ojos y oídos del mundo se dirigen hacia la sala de vistas del palacio de justicia, en donde desfilan peritos, testigos y víctimas relatando los horrores vividos durante el conflicto armado interno. Muchas personas han podido observar los testimonios a través de la red y para la mayoría de ellas es el primer acercamiento directo a lo sucedido durante ese período de la historia.

Ante la realidad de un juicio que se venía posponiendo desde hace décadas, una parte de la sociedad ha reaccionado con furor y se ha dado a la tarea de crear toda una estrategia mediática para confundir a la ciudadanía y descalificar no solo a los peritos y a las víctimas, sino también al tribunal que ha llevado este jucio de una manera impecable y ajustada a derecho.

Además y como rara coincidencia, han comenzado a surgir otros escándalos sabiamente dosificados para desviar la atención de la población hacia asuntos escabrosos en los cuales se involucra a funcionarios de gobierno, con lo cual se reduce el impacto de un juicio que, de no ser entorpecido por el tráfico de influencias de algunos sectores interesados, sentará las bases de una nueva visión de la justicia y los derechos humanos en el país.

Uno de los elementos surgidos durante este proceso ha sido el destino incierto de niñas y niños extraídos de su grupo y adoptados de manera ilegal por sus propios victimarios. Algo similar a lo sucedido en los países sudamericanos durante las dictaduras militares y que con el transcurrir de los años ha provocado innumerables investigaciones, búsquedas y denuncias por parte de familiares directos. Sin embargo, para estas niñas y niños ixiles sustraídos de su tierra y de sus comunidades, las oportunidades de reintegración son prácticamente inexistentes. Exterminada su familia y desplazados los demás miembros de las comunidades, esos lazos destruídos de manera irremediable impidieron su regreso a sus raíces.

La crueldad de la metodología de exterminio –la misma que no desean llamar genocidio pero cuyas características encajan con esa figura- fue cuidadosamente delineada y llevada a cabo con éxito hasta el extremo de reducir numéricamente a la etnia ixil, eliminar toda posibilidad de retorno a su vida normal, etiquetarla como enemiga del Estado y convertir a sus sobrevivientes en parias dentro de su propia tierra, quitándoles el acceso a sus fuentes de sustento, su cultura y sus tradiciones.

Las hábiles y a veces ridículas estratagemas de los abogados de la defensa de los generales Efraín Ríos Montt y Mauricio Rodríguez Sánchez, señalados como responsables de todos los hechos consignados por la acusación en este caso paradigmático, han pretendido retrasar y, más aún, anular el juicio. De lograr su objetivo mediante maniobras arteras, quedaría en evidencia la desventaja de quienes, apegados a la ética, buscan el imperio de la ley y la consolidación del estado de Derecho en Guatemala. Este juicio no busca, como algunos opinan, abrir heridas del pasado. Todo lo contrario, más bien busca restañar las que nunca se cerraron.
(Publicado el 13/04/2013)

Perros peligrosos

Creada la herramienta, ahora a perseguir chuchos…

No conozco las estadísticas sobre ataques de perros peligrosos, pero como opinan algunos conocedores, de estadísticas está empedrado todo el camino desde Guatemala hasta el mismísimo infierno. Lo que sí sé es la responsabilidad de los humanos en el comportamiento de sus mascotas, sean éstas perros, loros, gatos u hormigas.

Por eso no le he encontrado mucho sentido a la nueva Ley para el Control de animales peligrosos y menos aun la urgencia, como para que los honorables miembros del Congreso hayan abandonado un enorme cúmulo de proyectos de ley importantes, para dedicarle tiempo a la discusión y aprobación de algo que difícilmente se implementará.

De acuerdo con el artículo 1 de esta Ley, su objetivo es “de interés social y tiene por objeto establecer la normativa aplicable a la tenencia, crianza, control, entrenamiento y adiestramiento, cuando sean posibles, de animales considerados potencialmente peligrosos”, lo cual no parece mala idea si se considera que son los dueños de estos animales “peligrosos” quienes hacen lo posible por convertirlos en máquinas de matar. Por ende, el control tiene que orientarse, más que a perseguir a los perros, a realizar exámenes psicológicos y de adaptación social a sus propietarios.

Lo curioso es el artículo 6, en el cual se detallan las razas señaladas como peligrosas y altamente peligrosas. Es un listado de perros grandes y poderosos, pero no necesariamente peligrosos, dado este último comportamiento depende exclusivamente de la crianza y entrenamiento, ambos factores derivados de las intenciones, actitudes y habilidades de sus dueños. Un perro maltratado, dejado a la intemperie atado constantemente a una cadena pesada, sin comida ni agua, no será jamás un animal amistoso ni inofensivo. No importa cuál sea su raza.

Si a eso vamos, debería figurar en ese listado el Llhasa Apso. Yo rescaté uno y jamás he tenido un animal más cariñoso. Pero eso era conmigo. Al acercarse un extraño se convertía en una fiera y se lanzaba directo a los tobillos del intruso. Supongo que elegía los tobillos porque de haber sido más grande su objetivo habría sido la yugular. Eso era un perro peligroso, tan agresivo como aquel poodle miniatura que una vez me mordió la pantorrilla sin haber mediado alerta alguna.

Pero digamos que la ley sirviera para reducir significativamente los ataques a niñas y niños que inocentemente se acercan a estos ejemplares furiosos. Eso estaría bien, pero ¿quiénes van a aplicarla? Para ello, ha de haberse contemplado la contratación de un verdadero ejército de expertos cuya tarea será circular por las calles y los vecindarios cinta métrica en ristre para medir correas y listos para requisar a los perros que paseen sin bozal. Para ello necesitarán una buena provisión de vehículos acondicionados especialmente para el efecto, de esos mismos de los cuales carece la policía para capturar delincuentes.

No cabe duda de que los diputados saben muy bien cuáles son las necesidades más urgentes de la población. Tampoco cabe duda de que esos bozales, utilizados con buen criterio, tendrían mejor aplicación en otros lugares antes que en el hocico de un dogo guatemalteco.
(Publicado el 08/04/2013)

No hay de qué presumir

El fracaso rotundo de las políticas educativas se ve en sus resultados.

El pobre desempeño de los estudiantes graduados de diversificado –quienes fracasaron en las pruebas de matemática y lectura de manera abrumadora (93 y 75.5 por ciento respectivamente) es una alerta urgente para las autoridades educativas, quienes deberán tomar medidas y revertir la situación a corto y mediano plazos.

Este indicador, ilustrativo de cuán bajo es el nivel de la enseñanza en Guatemala, constituye una evidencia del precario nivel de competitividad del trabajador guatemalteco en un mundo cada vez más inclemente con las debilidades humanas y con la mediocridad de los sistemas de enseñanza pública y privada.

De ahí que la capacidad generadora y creativa de la fuerza laboral local es puesta a prueba contra países de la región como El Salvador o Costa Rica, cuya población juvenil obtiene mejores herramientas, saliendo del nivel medio capacitada de manera ventajosa para enfrentar los mercados y optar a mejores oportunidades de desarrollo en cualquier actividad productiva.

Con estas calificaciones académicas, el futuro no parece ser muy prometedor para un estudiante recién graduado y listo para entrar a la universidad o apostarle a un empleo de tiempo completo. Si ingresa a la universidad en esas condiciones tan desfavorables, parece difícil que llegue a convertirse en un profesional competente, capaz de enfrentar los retos de la tecnología avanzada en el campo laboral actual. Si decide, en cambio, buscar un trabajo que le dé lo suficiente para vivir, no tendrá las mismas oportunidades de quien ha coronado sus estudios con éxito y altas calificaciones, optando por el mismo puesto.

Este estudio, realizado por el Mineduc en establecimientos públicos y privados de todo el país y el cual refleja los resultados de 2012, muestra también y de manera muy particular, la necesidad de capacitar a los maestros, quienes en evaluaciones anteriores han mostrado tantas debilidades como sus alumnos. Aquí se plantea nuevamente el conflictivo tema de la eliminación de la carrera de magisterio con la intención de darle nivel universitario, lo cual hipotéticamente tendría incidencia en la calidad de la educación desde los primeros años de primaria.

Pero este fracaso no es una novedad. Los resultados de años anteriores fueron bastante similares con la excepción del período 2007-2009 cuyos porcentajes fueron francamente impresentables. En 2008, por ejemplo, solo 3.5 por ciento pasó las pruebas de matemática y 7 por ciento las de lectura. Es decir, no ha habido ningún esfuerzo sostenido por cambiar esta tendencia y tampoco se ha enfrentado el problema de manera integral, con políticas efectivas y con visión de futuro.

Esto coloca a la niñez y juventud del país en una situación de completa desprotección y desventaja para enfrentar los años venideros. Es importante recalcar, además, que el futuro de este sector es también el de Guatemala, país cuya deficiencia en la calidad educativa de su pueblo significa la baja respectiva en sus oportunidades de competir con éxito en el mundo globalizado y un descenso sostenido de la calidad de vida de sus habitantes.
(Publicado el 06/04/2013)