miércoles, 18 de septiembre de 2013

Huérfanos de nacimiento

La muerte materna no es solo un tema de salud, sino de Estado.

Se habla de la muerte materna como dato estadístico. Como consecuencia de las privaciones de ciertos estratos socio económicos, como el resultado de la pobreza y como una realidad inevitable para muchas mujeres carentes de educación y recursos. Pero la muerte materna trae aparejado mucho más que números. Es un reflejo de las enormes desigualdades en el goce de derechos y el profundo racismo existente en Guatemala.

En numerosas ocasiones he conversado con expertas, entre ellas la doctora Mirna Montenegro Rangel, del Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva, Osar, entidad que ha llevado a cabo un monitoreo constante de este problema. Las estadísticas presentadas por el Osar constituyen la radiografía incontestable del drama de miles de niñas, adolescentes y mujeres adultas cuya vida depende de decisiones políticas y actitudes administrativas que no las favorecen en nada.

De los datos de este observatorio se deduce que una postura racional y correcta del gobierno respecto a las políticas públicas en salud sexual y reproductiva podría contribuir de manera radical a la disminución de los embarazos en adolescentes y a la reducción de las muertes maternas con solo implementar programas de educación, nutrición y atención primaria a lo largo y ancho del país.

Pero esto no es solo decisión de una administración –la cual podría ser anulada en cuanto se produzca un relevo en el poder- sino un consenso de toda la sociedad para establecer una política de Estado sin influencia de sectores interesados en mantener las cosas como están, sin presiones doctrinarias ni ideológicas.

Para ejemplificar la dimensión del problema, basta saber que solo en el departamento de Huehuetenango de enero a mayo de 2013, de acuerdo con datos proporcionados por el Programa de Salud Reproductiva del Área de Salud, se detectaron 462 casos de embarazos en niñas de entre 11 y 15 años. Niñas cuyo cuerpo no está preparado para el proceso de la maternidad ni su mente lo está para asumir semejante reto. Las imágenes de esas menores desnutridas, abrumadas por una responsabilidad que no les corresponde y cargando a un bebé con un futuro tan incierto como el de su madre, revelan algo mucho más grave que una deficiencia en la educación. Es la denuncia patente de un sistema de injusticias alimentado por la corrupción, el cual marca la vida de un amplio sector de la población.

A este escenario se añade la violencia sufrida por estas menores al ser objeto de abuso sexual por parte de personas cercanas a su entorno familiar. Y no bastando eso, también experimentan la discriminación a nivel institucional al no contar con una atención integral adecuada a su estado etario y étnico, siendo tratadas como adultas en los centros de salud, cuando tienen acceso a ellos.

Estas niñas violadas tienen más probabilidades de morir durante el parto que una mujer adulta, físicamente preparada para la reproducción. De ahí que una cuarta parte de las muertes maternas se produzcan en niñas y adolescentes. Pero el problema no está solo en evitar esas muertes, sino en reparar las injusticias de un sistema social, político y económico profundamente discriminatorio.

(Publicado el 12/08/2013)

La paz como utopía

Basta una sola voz, escuchada y repetida hasta formar coro.

“Es imposible seguir callando”, “no se puede vivir con miedo”, “estamos hartos de esta violencia” es el tono creciente en las redes sociales y en los medios de prensa frente a la realidad de un ambiente de criminalidad que parece estar fuera de control. Sin embargo, así como abunda la protesta en estos sistemas de comunicación también es notable la apatía de la ciudadanía cuando se compara con la reacción decidida de la población en otros países ante los abusos de ciertos sectores o simplemente como forma de manifestar su descontento.

Una reacción ciudadana no sucede únicamente frente a decisiones políticas, como es el caso de la gratuidad en la educación en Chile, o las marchas callejeras en España frente a la crisis económica que afecta a la población. También puede ser una manifestación del justo deseo de vivir en paz.

En los últimos años pocas han sido las protestas callejeras masivas, pero todas han tenido un origen y una intención política muy definida. Hoy aparece una iniciativa audaz y diferente, cuyo origen es el desencanto y la frustración de una mujer joven cuyo contacto con la violencia extrema ha sido a través de su participación activa en el movimiento Voces por Cristina. María Fernanda Gallegos actúa en esta ocasión por decisión personal, sola como el famoso Llanero, en una convocatoria que pretende exteriorizar de manera mucho más rotunda el deseo de la sociedad de vivir en paz, de erradicar la violencia criminal, de dejar constancia de su insatisfacción y su voluntad de recuperar las calles y los espacios públicos en donde hoy predomina el miedo.

Guatemala tiene una larga historia de violencia, de manipulaciones políticas y desconfianza en los líderes, por lo cual generar algún movimiento social topa de frente con un gesto espontáneo de rechazo. De inmediato, ante su página en Facebook “Marcha por la Paz. Guatemala”, surgió la sospecha de que detrás del llamado de esta mujer existían fuerzas oscuras que pretendían apoderarse de la acción para aprovechar la convocatoria con intenciones proselitistas. Y comenzaron las especulaciones y rumores. Y se llenaron las redes de hipótesis sobre oscuras confabulaciones.

Pero la realidad del origen de esta Marcha por la Paz convocada para mañana domingo es una especie de reventón de la ola para una joven consciente de que no es este el ambiente en el cual desea vivir, formar una familia y educar a sus hijos. Una mujer joven y productiva quien no quiere más violencia en los hogares ni en las calles y tampoco considera tolerable vivir tras alambre electrificado dejando a su país bajo el dominio de la delincuencia.

Es una postura extremadamente idealista e ingenua en un ambiente cargado de recelos y conflictos de poder, pero al final de cuentas es un paso hacia la expresión de un deseo legítimo. A mí me costó creer en tanto valor, especialmente viniendo de alguien carente de apoyo y sin un grupo que le brindara su respaldo. Por ello, aun si realiza su plantón sola en la Plaza de la Constitución con su bandera azul y blanco, Mafer Gallegos debería ser escuchada porque en ese acto simbólico lleva la voz de miles de seres humanos cuyo único anhelo es vivir en paz.

(Publicada el 05/08/2013)

La casita en la pradera

La ostentación de riqueza altera la moral ciudadana.

Recordé esa serie televisiva de los años 70 al ver fotos de las propiedades de Francisco Eduardo Villatoro Cano, uno de los hombres más buscados por las fuerzas del orden. Caballos pura sangre, gallos de pelea y toda clase de objetos de lujo encontrados en sus numerosas mansiones contrastan de manera radical con ese concepto setentero, austero al extremo, del estilo de vida de la familia Ingalls de la casita en la pradera.

¿Por qué recordé esa serie almibarada y romanticona ante el despliegue de riqueza de Guayo Cano? En realidad no lo sé, pero de algún modo tiene que ver con la evolución torcida que ha tenido el concepto de éxito en la vida durante las recientes décadas. Esa obsesión por el poder y el dinero, capaz de elevar el delito a la categoría de estrategia, ha sido una de las causas de mayor decadencia moral de nuestras sociedades; y, por el otro lado, el regreso a los valores fundamentales -como es un concepto realista de las necesidades básicas para tener una vida digna- cae al nivel de conformismo o simple y llano fracaso.

El regreso a los valores y principios de conducta alineados con una visión de ciudadanía según la cual se sume el aporte de cada quien, podría ser la base de un cambio radical en el actual sistema de vida y, por ende, una manera de comenzar a enderezar las torceduras provocadas por la corrupción y la criminalidad. Esto, sin embargo, no parece tarea fácil ante el embate de nuevos conceptos de éxito que han echado raíces muy profundas en las nuevas generaciones, todos ellos amarrados a la conquista de espacios de poder y a la acumulación de bienes materiales.

De acuerdo con estas nuevas pautas resulta más complicado llevar una vida modesta que subirse al carro del enriquecimiento ilícito. Quienes luchan por mantenerse adentro de los límites marcados por la ley tienen menos oportunidades de éxito que aquellos avivados conocedores de todos los trucos, siempre listos para aprovechar los resquicios del sistema para abusar y escamotear lo que corresponde a otros.

Volviendo a la casita en la pradera, ¿quién podría vivir así, cultivando su pedacito de tierra sin necesidad de químicos ni semillas modificadas, sin pagar sobornos, sin sufrir extorsiones, sin verse atrapados en un sistema corrupto? Y, de ser esto posible, ¿se consideraría un éxito de sostenibilidad o esa familia pasaría a engrosar el amplio contingente de quienes nunca triunfaron en la vida?

Es, entonces, procedente preguntarse si la acumulación de bienes trastorna la visión del bien y el mal de quienes observan este despliegue. Si no despierta un deseo de emulación o adormece su sentido de la moral. Al final de cuentas, sería interesante conocer si una vida al estilo de los Ingalls, con sus vaivenes y problemas cotidianos, con el trabajo requerido para conseguir sobrevivir dignamente y educar a sus hijos en un sistema de valores, no es visto como indeseable, precisamente por el inevitable esfuerzo implícito. El ejemplo de estos carteles, por lo tanto, impacta en la sociedad de más de una forma. Siembra la duda y debilita la conciencia. Y las nuevas generaciones en formación constituyen el objetivo perfecto.

(Publicada el 03/08/2013)

Emociones al extremo

Vivir al borde del abismo no es la mejor perspectiva.

Una de las características más distintivas de los tiempos modernos –y me refiero también al siglo pasado- es la búsqueda de emociones extremas. Ya sea a bordo de un bólido o montado en la montaña rusa, la adrenalina parece haberse convertido en la sustancia adictiva de mayor popularidad en el mundo entero. La segunda, ya sabemos, es ilegal.

Vivir en constante aceleración resulta, para muchos, una forma de vida. Es una práctica que transforma el estrés más elevado en un estado indispensable para mantener un ritmo de actividad capaz de satisfacer un estilo de vida lleno de cargas innecesarias, inventadas por un sistema de gratificaciones basado en el dinero y mercadeado gracias a un concepto bastante torcido de lo que significa el éxito.

En esa carrera frenética en pos de un sitio en el mapa económico, las personas olvidan sus auténticos objetivos y, sobre todo, cuál es su misión. Soy una convencida de que todos tenemos una y también de que la mayoría de nosotros no le dedicamos ni siquiera un breve pensamiento. La esencia misma de nuestra existencia, por lo tanto, se ha relegado a un lugar marginal, mucho más atrás que la consecución de ciertos objetivos banales y prescindibles, como es alcanzar un buen estatus social como resultado de una chequera abundante.

¿Cuánta energía dedicamos a formarnos –proceso que tiene un principio pero no un final- y cuánta a fabricarnos una imagen con el único objetivo de ser aceptados y quedar bien con los demás? ¿Cuánto tiempo dedican los padres a comunicarse con sus hijos en una relación de mutuo respeto, con el único propósito de conocer sus pensamientos y guiarlos en un marco de valores? ¿Cuánto conocemos a quienes nos rodean?

En los últimos días he intentado saber un poco más sobre la vida de personas a quienes no conozco, nunca encontré y con quienes no sé si me hubiera relacionado. Pero con las cuales compartí el espacio urbano y quizás pasaron alguna vez por mi lado. La diferencia es que a ellas las asesinaron y a mí todavía no. Y sus nombres pasaron por una rotativa y un noticiario radial o televisivo como miles de nombres de víctimas de la violencia, a los cuales no les prestamos mayor atención precisamente porque su condición de víctimas les quitó toda cercanía.

He leído muchos comentarios en las redes sociales durante estos meses y da la impresión de que la ciudadanía sufre una sobredosis de adrenalina. Huye del dolor, cierra los ojos a la miseria y los vuelve hacia su propio entorno, aunque en éste la violencia también sea un elemento cotidiano. Sin embargo, con ese gesto deja de constituir una comunidad, se aisla y renuncia a un espacio que le pertenece por derecho.

Y luego, cuando sale de su hogar a enfrentar la calle, esa rutina que antes fue normal y agradable significa algo muy distinto: sobresaltarse con cada moto que se acerca, evadir a los conductores agresivos y prepotentes, escudriñar detrás de ese vidrio negro por si viene un individuo armado hasta los dientes, experimentando en cada esquina esa descarga de adrenalina de los juegos de la infancia, pero con el miedo y la inseguridad como nuevos compañeros de ruta.

(Publicada el 29/07/2013)

El reporte semanal

En esta carrera por la supervivencia, es imperativo celebrar la vida.

Viviana Virginia Choc Barahona, de 15 años, fue una de las adolescentes asesinadas cuyo deceso abrió la semana. Alumna del Instituto María Luisa Samayoa, iba junto a una compañera, quien también fue víctima de los agresores. Éstos, de acuerdo con el reporte policial, las obligaron a hincarse antes de dispararles en la nuca. Se investigaba la posible desaparición de otra adolescente.

Ese mismo día se publicó la noticia del fallecimiento por trauma craneofacial y hemorragia interna abdominal como consecuencia del ataque de una turba, de Diego Armando Moisés Pereira, de 25 años. Él, por robar un celular, abrió fuego contra Leonel Guillén Sosa, de 19 años, alumno del Colegio San Sebastián. Leonel murió en el hospital días después del incidente.

A estos hechos se sumó la muerte de 3 integrantes de una familia: Sara Luz Gómez Gómez, Adán Gutiérrez y Aracely López Esteban, atacados por individuos armados que llegaron a sus viviendas.

El martes la prensa publicaba la captura de 3 individuos acusados de violación, dos de ellos por agredir sexualmente a menores de edad. Ellos son Víctor Vicente Muj Bartolomín de 58 años, Erick Rigoberto Sequén Díaz, de 21 y Virgilio Estacuy Coroxón de 73, quienes se incluyen en el centenar de capturados por este crimen durante el primer semestre del año. A la par de esta nota, el ataque armado contra un vehículo del sistema penitenciario -en el cual perdió la vida Gustavo Adolfo Anavizca Gonzáles de 28 años- y el asesinato de Erick Estuardo Amado, piloto de la ruta 3 quien fue atacado a balazos por pandilleros en la zona 5.

El miércoles, la residencia de doña Everilda Carrillo, de 62 años, fue escenario de otro crimen horrendo. Hombres armados ingresaron a su vivienda con la intención de saquearla. Se llevaron todo lo de valor, pero no contentos con eso agredieron a la mujer con armas punzocortantes y luego intentaron secuestrar a Kimberly Gabriela Ruano, su pequeña nieta de apenas 5 años quien, por resistirse al ataque, fue salvajemente asesinada y arrojada a una pila.

También ese día, en una calle de Puerto Barrios, fue encontrado el cadáver de Luis Alberto Paredes Aquino, de 26 años, quien había sido secuestrado días antes. Este joven recién había cerrado pensum de la licenciatura en Ciencias Jurídicas y Sociales y hacía sus prácticas en el Bufete Popular de esa localidad. De acuerdo con el examen forense, antes de morir asfixiado el joven fue torturado.

En la misma página de prensa se consignaron otros dos asesinatos: el de un taxista, German Estuardo Morales Cuque. En la escena encontraron casquillos de bala de calibre 9 milímetros; y el de Gladis Antonia López Mérida de 56 años, atacada a tiros por dos hombres que se conducían en motocicleta. Se conjetura que el motivo de la agresión fue por haberse presentado a declarar en el caso del asesinato su hijo Cristián Omar Lima.

Este repaso debería poner a la ciudadanía en contexto de la gravedad de los niveles de inseguridad en los cuales se desarrollan sus actividades cotidianas. Es una práctica dolorosa pero necesaria olvidar las estadísticas para dar nombre y apellido a las víctimas y restituirles así su dignidad humana.

(Publicada el 27/07/2013)

María Alejandra

Una niña como muchas, con ilusiones y una vida por delante.

María Alejandra Oseyda Vásquez era una niña a quien usted, probablemente, nunca conoció. Yo tampoco. Era una niña dedicada a las actividades normales de una pre adolescente de 10 años. Asistía a clases y sacaba las mejores notas. Eso cuentan sus parientes más cercanos. Tenía sueños, proyectos y aspiraciones y los compartía con sus amigas, como toda niña de su edad.

Pero todo eso quedó en el pasado al ser interceptada cuando se dirigía a clases. No se sabe si fue uno o varios hombres quienes la secuestraron, violaron y después de profanar su pequeño cuerpo la estrangularon para que nunca pudiera delatarlos. Ellos acabaron con esos sueños, proyectos y aspiraciones como probablemente han acabado con los de otras niñas parecidas a María Alejandra.

Arrojada a una zanja y vistiendo aun el uniforme de la Escuela Rural Mixta Miguel Ángel Asturias, esta niña fue víctima de un sistema corrupto, pero también de la profunda crisis de valores instalada en esta sociedad como una enfermedad terminal.

La tragedia de este país es que así como María Alejandra, hay muchas niñas y niños capturados por criminales y torturados hasta la muerte. Y no hemos sido capaces de protegerlos. Los esfuerzos de las organizaciones de la sociedad civil son ineficaces ante la realidad de una criminalidad impune y descarada. No solo contra niñas y niños, también contra mujeres y hombres cuyo único delito es vivir en un país donde no tienen protección alguna.

A diario se publican los reportes de niñas y adolescentes vendidas como carne de matadero para ser usadas en prostíbulos por las poderosas redes de trata. Lo paradójico es el desconocimiento de la población sobre esta realidad abrumadora del comercio más perverso que existe. Es como si los casos particulares de secuestro o desaparición de niñas y niños fueran acontecimientos aislados en la mente del público, cuando en realidad lo más seguro es que pertenezcan a un esquema estructurado de este tráfico infame.

El episodio de María Alejandra se repite en todo el territorio. Eso sucede porque una niña violada es una niña silenciada. En la mayoría de estos casos de violación, los perpetradores son personas de confianza de la familia o integrantes del mismo círculo familiar y aunque no todos terminan con un asesinato, todos ellos acaban con las ilusiones y esperanzas de una niña inocente.

Lo más fácil es culpar a los padres, con énfasis particular en la madre: “no cumplió con su deber”, “no la protegió lo suficiente”, “mejor la hubiera dado en adopción”, son los comentarios que surgen como por reacción automática. Sin embargo, el estado de violencia e inseguridad en el cual vive la ciudadanía no es culpa de las madres ni de los padres de manera individual, es responsabilidad de toda una comunidad humana incapaz de responder a este inmenso desafío de una pérdida de valores convertida en sistema de vida.

La muerte de María Alejandra, como la de muchas otras víctimas inocentes, debe servir para reaccionar ante este estado de cosas. Si la ciudadanía permite que quede impune, será equivalente a asesinarla y volverla asesinar.

(Publicada el 22/07/2013)

El hábito

La repetición constante disminuye el efecto.

El hábito es una especie de segunda naturaleza. Es una manera de organizar las respuestas del ser humano a su entorno, crear un sistema facilitador de innumerables funciones que se repiten a lo largo de su vida sin mayores variaciones. Constituye en sí mismo un factor de economía mental, de movimientos y energía para la realización de rutinas que no exigen atención consciente. Es, como se puede apreciar, un mecanismo muy útil en la vida diaria.

El problema es cuando el hábito se instala como una actitud de resignación o pasividad ante situaciones que requieren toma de decisiones, análisis y acción. Es lo que sucede a la ciudadanía cuando los acontecimientos la sobrepasan en impacto y saturan su capacidad de respuesta, alterando su entorno y condicionando todos los aspectos de su vida.

La criminalidad en niveles excesivos, como existe en Guatemala y otros países de la región, es un fenómeno capaz de generar una respuesta semejante al hábito. El impacto emocional de las noticias que llegan por todos los medios de comunicación se asemeja al golpe de la droga. Es como una inyección de adrenalina capaz de romper el equilibrio de la cotidianidad.

Esto sucede con una pasmosa frecuencia –todos los días y a toda hora- a una población que, además de sentirse amenazada, está consciente de la debilidad del Estado. De ahí su necesidad vital de defenderse neutralizando el impacto. Para ello, lo más efectivo es restarle emoción y arrojar ese fardo indeseable a la zona gris de lo acostumbrado.

Esta es una de las formas más perversas del hábito. Está asociada a la negación y al bloqueo de cualquier forma de responsabilidad personal, semejante al acto de levantar muros para crear la ilusión de un refugio a prueba de agresiones externas, pero en medio de una zona de guerra.

Los efectos de esta patología en una sociedad fragmentada en bloques monolíticos opuestos –entre ellos los ricos muy ricos y los pobres de pobreza extrema, separados por una clase media centrada en su supervivencia- llevan a dejar los espacios públicos disponibles para fuerzas agresoras, es decir, las organizaciones criminales, el sicariato, las redes de trata, las extorsiones, los secuestros y la competencia territorial de las maras.

Esta es mi hipótesis. No encuentro otra explicación posible al escaso efecto que tiene sobre la ciudadanía la violencia, la impunidad, la corrupción o la participación de personajes de elevados círculos de poder en crímenes de alto impacto. Es como si el hábito se hubiera instalado de manera definitiva como la única forma de tolerar un ambiente que, de otro modo, ya hubiera estallado en un frenesí de psicosis colectiva.

¿Será acaso esta apatía un mecanismo -el único posible- de supervivencia? El problema es que ese hábito, como el de las drogas, poco a poco va carcomiendo a las víctimas, las insensibiliza y las vuelve cómplices de sus propios victimarios. Es un juego de resistencia del cual nadie sale indemne. También como con las drogas, la vuelta a la realidad es larga, dolorosa y requiere de una enorme dosis de compromiso y valor. 
 
(Publicada el 20/07/2013)

domingo, 8 de septiembre de 2013

IV


“Rosina, tienes una piel de alabastro”, le había susurrado Jorge mientras acariciaba sus muslos. Era cierto, aunque Rosina no era una belleza clásica, sus grandes ojos oscuros medio hundidos, las cejas espesas y esa blancura perlada de la piel siempre le habían valido lisonjas. Esa tarde estaba más hermosa que nunca, se había deslizado a la habitación de su madre para robarle un poco de colorete y bálsamo para los labios. Quería impresionar.
El cuartito de costura tenía una claraboya. Por ahí entraba un rayo de luz que daba al ambiente una atmósfera casi azul de tan tenue y daba un brillo espectral a su pecho desnudo. Las manos de su amante eran diestras y cada uno de sus gestos le provocaba un arrebato de placer. “Te amo”, le había dicho un momento antes pero ella no pudo responder. Estaba aterrorizada por las consecuencias de este desvarío y sabía bien que no tenía futuro. Había gozado de este amor fugaz con un constante sentimiento de culpa y el pánico de ser descubierta, pero eso también le había dado una emoción inusual a todos sus encuentros. Esta vez había decidido arriesgarse a pesar de la presencia inevitable de su hermana en la cocina, apenas al otro lado de la pared.
Jorge comenzó a hurgar en su intimidad con esa delicadeza que la había enloquecido más de una vez y poco a poco Rosina fue dejándose llevar por el deseo. Húmeda y anhelante cedió complaciente a la frenética búsqueda de un éxtasis que la dejó exhausta y temblorosa, con ese resplandor indescriptible de las mujeres amadas.
Sobre su pecho, el relicario de plata parecía un pedazo de luna.

Ángela

El agua corría sin ruido. Ángela metió los dedos en el remolino grasiento y dejó que fluyera hacia el agujero negro de la reposadera. Hacía calor. El sudor le corría por la espalda sin que hiciera nada por evitarlo.

Escuchó desde la cocina el portazo y supo que había llegado. No tenía que imaginar mucho para saber de su ceño fruncido y ese gesto de desgano que supuestamente era parte de su carácter, pero en realidad reflejaba un profundo aburrimiento y un rechazo visceral a este compromiso de por vida que le llegó como castigo, una tarde que se sentía particularmente solo y sin nada qué hacer.

La gota de sudor resbaló por encima de su nariz afilada y con una blandura transparente fue a hundirse en el agua jabonosa. El calor la martirizaba y no ayudaba para nada en su estado de ánimo ambivalente, por eso trataba de imaginarse en una piscina de agua fresca y un largo gin and tonic, como tratando de espantar la imposibilidad de escapar a este horno de barrio pobre donde había venido a parar su vida mediocre y sin futuro.

En los cinco años que llevaban juntos se fue haciendo evidente entre los dos un extraño desapego sin origen definido. Ángela casi podría marcar las fechas cuando los gestos habían desaparecido. Primero, los abrazos espontáneos, luego los besos profundos, ésos que la dejaban trémula deseando más. Mucho después había venido el silencio y las frases sueltas que trataban de justificar el precario vínculo que aún insistían en llamar relación. Que hubo cambios en la oficina, que Fulano había ganado la plaza de gerente, que me siento agotada por la ida al mercado o que casi me roban el bolso en el camino de regreso. Naderías intercambiadas con plena conciencia del vacío que se había instalado entre ellos.

Al secarse las manos, pensó en cómo había cambiado su vida, pero desechó la idea por inútil. Ya no había nada que hacer al respecto. Se acercó silenciosamente al cuartito que hacía de recibidor y contempló la chaqueta colgada en una silla –“¡cómo odio esa manera de arruinar el poco atractivo de este hoyo inmundo!”- y aspiró la estela de humo que flotaba en el ambiente. “Debería dejar esa porquería”, pensó para sus adentros, sintiéndose aún más impotente.

Cinco años atrás, Ángela era una mujer joven y atractiva, entusiasmada hasta el deliro por una incipiente carrera literaria que, estaba convencida, la llevaría a la cumbre. Aún no sabía a qué cumbre, pero eso era lo de menos. Se rodeaba de gente interesante, asistía a conferencias y reuniones literarias, se sentía interiormente viva y exteriormente interesante, porque muchas veces se lo habían dicho, medio en serio y medio en broma, en medio de alguna discusión sobre la poesía moderna.

Había sido una de esas tardes, tomando el té con sus amigos de la universidad, en una vieja cafetería que se puso de moda por algún esnobismo ya olvidado, donde lo vio por primera vez. No es que le llamara tanto la atención, pero poco a poco se fue acostumbrando a sus frases breves y a sus silencios rolongados y comenzó a sentirse atraída por este hombre pálido que parecía sacado de otra época, una aún más decadente.

Al principio sus salidas eran esporádicas, pero pronto se fueron convirtiendo en una necesidad perentoria, en una exigencia vital. Se casaron sin mayor pompa una mañana de invierno. “Todavía recuerdo el frío y la lluvia sobre mi vestido verde musgo. Estaba tan feliz que hasta me pareció romántico cuando el taxi nos dejó en medio de un charco.”

Durante los primeros meses, se convenció a sí misma de que todo marchaba a la perfección. Había vivido con la certeza de que tenía un lugar en el mundo y su realización residía en seguir el camino marcado por sus sueños. “Si no escribo, muero”, había sentenciado con arrogancia años antes.

Los problemas comenzaron cuando él decidió mudarse a la provincia, porque la compañía lo destinaba a una de sus sucursales. No iba a ganar más, pero seguramente gastarían menos. No había cafés de moda ni necesidad de vestir elegante para salir en las tardes. Tampoco era probable que asistieran a conferencias o a conciertos en ese agujero rebosante de tedio en medio de plantaciones de maíz. Así es que después de dejarse convencer de que la mudanza era “por un tiempo corto, lo suficiente para ahorrar y garantizar nuestra independencia”, aceptó su destino con la secreta convicción de que a lo mejor la tranquilidad del campo le vendría bien a su inspiración. Después de todo podía ser ésta una señal del destino.

Descubrió su error el día que le habló de sus obligaciones. Hasta entonces, nada la había hecho suponer que se había casado con un hombre profundamente convencido de que la vida de ambos dependería de sus decisiones inapelables. Para Ángela fue como descender de la nube de la igualdad, esa fantasía de su vida urbana de estudiante y aprendiz de intelectual, para caer en una especie de prisión voluntaria en la que ella misma se había atado las cadenas.

Comenzó a vislumbrar la realidad a los pocos meses de haberse instalado en uno de los barrios obreros que habían surgido en la periferia del pueblo, producto del desarrollo la industria de la maquila en algunas provincias que presentaban serias crisis de desempleo. Se dio cuenta de que había entrado de lleno en un mundo regido por los prejuicios, los estereotipos sexistas y la absoluta carencia de perspectiva, según la cual a ella le correspondía el papel de fuerza de trabajo doméstico y donde su marido tenía por derecho ancestral el privilegio de dar las órdenes y ser obedecido.

Al principio fue más bien sutil, pero a medida que pasaban los meses perdió por completo el territorio natural de sus primeros años, cuando compartían hasta la más insignificante de las tareas. El primer grito –por algo que ni siquiera recordaba- le disparó la alarma una mañana de domingo. Conocía la sensación. Ese nudo en la boca del estómago que corta la respiración, el pecho oprimido por una sensación de miedo irracional, la certeza de que todo había cambiado.
(continuará)

miércoles, 28 de agosto de 2013

Aires de verano

No sea grosera con su prima, pídale perdón. Fue lo único que me saqué por tratar de ser digna. A veces odio esas vacaciones de prima pobre, con una maleta llena de cosas que no quiero ponerme porque me dan vergüenza, y un sentimiento de arrimada que no se soporta. Pero también, en algún contradictorio rincón de mi ser, quería sentirme como si mi vida fuera perfecta.

Ellas son amables y hasta cariñosas. No sé cómo pueden.

Lo vamos a pasar bien, vaaamos… insistió con una sonrisa demasiado auténtica como para molestarme. El sentimiento de culpa se aloja y dura todos esos días y semanas interminables, calientes y al final divertidos, aún a mi pesar.

El auto siempre me produce esa sensación de encierro e impotencia. Los chicos atrás, decían, aunque en realidad éramos todas chicas. Y nos apretujábamos en el asiento trasero, donde siempre me tocaba en medio de las grandes porque nunca lograba hacer valer mi derecho a ventanilla. Hasta que empezaba a boquear, medio en serio y medio haciéndome la mareada como último recurso para respirar aire puro.

Los almendros de la casa del cerro eran una de mis fantasías del verano. Era tan raro comer almendras en casa. Cuando las compraban era para preparar esas enormes fiestas, que duraban la noche entera y en la que todos terminaban borrachos perdidos. Sé que terminaban borrachos porque se ponían alegres y me hacían bailar, porque en casa nunca se tocó el tema. Allí, al parecer, nadie se emborrachaba jamás. Eso es de pobres, decía mi mamá muy orgullosa de que sus propias indignidades fueran tan elegantes.

Bajamos por la cuesta y al final de la curva se abrió el mar. Siempre me aturdía esa superficie azul que me dejaba quieta por el resto del día. También cuando íbamos en tren, el trencito de la costa lleno de veraneantes que se bamboleaba mientras cruzaba a toda velocidad frente a la mirada estupefacta de las vacas.

Compremos cocos, decía mi mamá y sacaba un billete crujiente de su cartera. Era uno de los signos vacacionales, porque había otros: el café con leche batida muy temprano en las mañanas, el olor a bronceador al acostarnos en las camas extrañas, y la arena pegada a la piel.

También había privilegios que fluctuaban, que sucedían a veces sí y a veces no. Como el permiso para irnos solas a la carpa donde se reunían todos al atardecer a bailar y comer palmeras pegajosas con coca cola, y donde nos sentábamos expectantes a ver quien conseguía que un chico guapo le concediera el primer baile.

En la noche, tenía los ojos afiebrados y la piel roja y tirante. Todos habían caído rendidos después del baño, menos yo, que todavía sufría la verguenza de mi desnudez frente a mi prima. Era como exhibir las llagas de la guerra, de una guerra que nunca terminaría porque estaba pegada con cola a mi destino de niña pobre.

Su mirada cálida no había hecho menos humillante el hoyo en mis calcetines ni los tirantes de mi combinación llenos de nudos para sostenerla en su sitio. Además, estaba esa suciedad perenne que yo no había conseguido sacar pese a que me raspé las manos en el lavadero hasta sacarme sangre. Siempre sabía que iba a tener que exhibirme, tarde o temprano, cuando mi tía nos llamara para el baño de rigor.

Papá encendió un cigarrillo y me miró con severidad, como si hubiera cometido un crimen capital. Siempre me sentía así en su presencia. Era como si practicara con nosotras las materias de su breve paso por la escuela de leyes. Era el juez supremo y nosotras un par de miserables hormigas pecadoras.

Pero esta vez el nudo en el estómago se hizo menos duro, quizás porque allí estaban mis primas, en la habitación de al lado y él no se atrevería a pegarme por no parecer abusivo. Tenía una sensibilidad especial para calcular cuándo estaba frente a sus admiradores y cómo actuar. Supongo que fue ese talento lo que lo mantuvo tanto tiempo en la política.

Esa noche me senté en el banquito del tocador para ver cómo se maquillaba Juanita. Iría al casino con los mayores. Admiré siempre su estatura, su piel lisa y blanca y los ojos verdes. No creí que su cuerpo regordete le quitara ni un ápice a su belleza natural. Sobre todo porque era la mayor de todas, ya era grande, ya podía irse al casino con los adultos y nadie le criticaba nada como a todas las demás.

La mano iba y venía con el pincel aplicador. Sombra verde, luego gris y una raya perfecta para alargar los ojos que, en realidad, estaban algo chiquitos (pero verdes). El vestido no tenía nada de especial, aunque marcaba sus formas como si estuviera mojado. De todas maneras, nada hubiera podido evitar que le dedicara mi más rendida admiración.

Mamá también se había esmerado. Esas noches de casino eran célebres. Todos teníamos algo que ver en los preparativos, hasta que finalmente se subían al auto, nos dejaban recomendadas con los primos mayores, y desaparecían en un estruendo cerro abajo.

La crespa era la más seria de todas. Le decíamos crespa porque tenía el cabello ensortijado, con destellos dorados. Mis mechas lacias y rojizas lo envidiaban a morir, porque yo estaba convencida de que el cabello ensortijado era lo más bonito del mundo. Nada podía ser mejor, excepto tener unos pechos redondos y cintura de avispa, todo lo cual me había sido vedado por naturaleza, aunque ni siquiera tenía la edad para comprobar esa triste realidad.

Los días transcurrían lentamente, como si tuvieran pereza de acabar con el verano y hacernos regresar a la ciudad. Mis padres desaparecían durante semanas y nos quedábamos solas en esa enorme casona, donde mi tía ni siquiera se hacía notar. La madera de los pisos olía a cera y esa media penumbra se adhería a una como efecto residual de un tiempo suspendido.

lunes, 15 de julio de 2013

La humanidad ausente

Es un mecanismo de auto protección que bloquea las emociones.

El sábado se publicó la noticia sobre el asesinato de una joven mujer. Recibió varios impactos de bala en la cabeza, decía la escueta nota. Un femicidio. Uno de esos crímenes a los cuales ya nos hemos acostumbrado. La nota que circuló por las redes, sin embargo, se enfocó en el perro que salió a defenderla de los sicarios. Herido en una pata, fue el protagonista de la jornada y la mujer muerta quedó en el olvido.

Nada tengo contra los perros, todo lo contrario. Por lo general los estimo más que a muchas personas, por nobles, generosos y solidarios. El tema es la indiferencia ante un estado de violencia criminal que nos alcanza a todos por igual y al que intentamos evitar con todas nuestras fuerzas. No queremos saber, no queremos ver ni oír. No queremos vivir la realidad.

Esa especie de autismo inducido nos ha llevado a contabilizar los hechos de violencia en términos abstractos. De ese modo, no solo le restamos fuerza al impacto, también lo hacemos tolerable y lejano. Las mujeres y hombres asesinados, las niñas violadas, las víctimas de trata y aquellas niñas y niños que vemos a diario en las noticias, agonizantes por la desnutrición –eso también es crimen- se transforman en estadística y pasan por nuestra cotidianidad dejando apenas un soplo de drama, pero ningún remordimiento.

No es que seamos culpables, pero cuando la tolerancia rebasa los límites de lo posible, cuando preferimos callar a protestar y nos encerramos tras alambres espigados que tampoco nos protegen, entonces creamos un ambiente propicio para el abuso y el crimen, para la corrupción y la mentira, para que quienes lo deseen hagan de nuestra vida y nuestro territorio una tierra de nadie.

Es importante conocer la vida detrás de esas muertes. Averiguar si esa mujer tirada en la calle con el cerebro reventado a tiros tenía hijos. Si su madre dependía de ella o si sus compañeros de trabajo le tenían afecto. Empecemos por conocer su nombre. Por identificarla como a un ser humano que paseó por las calles creyéndose segura. No perpetremos en ella otra agresión negándole la existencia porque entonces nos volveremos cómplices de su total desaparición.

El femicidio no es una exageración. Los asesinatos de pilotos y las extorsiones contra pequeños comerciantes -quienes acaban muertos por no pagar lo que no tienen- tampoco lo son. Tengamos la decencia de por lo menos reconocer su calidad de vecinos, de seres humanos con derecho y obligaciones, con un nombre propio y una vida real.

Es importante aterrizar desde la nube virtual en la cual hemos construido un falso refugio para tomar conciencia de la dimensión del deterioro social. Quizás así veremos desde otra perspectiva hasta qué punto hemos contribuido con nuestro silencio a esa decadencia moral. Las muertes por violencia, los asaltos, las violaciones y sus terribles consecuencias no son algo que tenía que suceder, es algo posible de erradicar si por lo menos existe una expresión de rechazo y la ciudadanía hace patente su condena.

La mujer se llamaba Ruth Noemí García Ico y tenía 20 años. Que en paz descanse.
(Publicado el 15/07/2013)

Nicanor Parra


Hay dos panes. 

Usted se come dos. 

Yo ninguno. 

Consumo promedio: 

un pan por persona

domingo, 14 de julio de 2013

Las máscaras


Tengo sobre mi escritorio unas bellas máscaras africanas que traje de un viaje a Sudáfrica y a Zambia. También cuelgan sobre la pared una que me trajo Caro de Cuba y otra, muy guatemalteca, que compré yo misma en el mercado central. Cuando me siento a escribir no puedo evitar mirarlas, pero a veces ni siquiera mirándolas las veo. No pienso en ellas porque son como un objeto de adorno que perdió su identidad en el momento de adquirirlo. Sin embargo, hoy me impusieron su presencia al pensar en los temas sobre los cuales escribo religiosamente cada semana. Mis artículos sobre el hambre, la injusticia, el abuso, la corrupción y la violencia se parecen a estas máscaras un poco en eso de hacer de adorno cuando fueron hechos para conjurar otros demonios. Y estas máscaras me vienen a recordar la presencia de todos esto y la inutilidad de gastar mis energías en el intento de denunciarlos en un país pequeñito, hacia un grupo de persoas que no conozco, en medio de un continente en constante cambio, con todas las amenazas que socavan sus estructuras y que no tenemos la menor oportunidad de vencer. Esto me lo recuerdan esas máscaras porque en Africa las cosas no son mejores que aquí. De hecho, son peores las injusticias, los asesinatos masivos, el hambre que extermina con insidia a la población civil y con más saña aún a niñas, niños y mujeres que no tienen otro lugar -ni otro continente- a donde refugiarse.